ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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19/2/14

YBIS, UN LEGIONARIO










Mi buen amigo Legionario, el Coronel de Infantería Arturo López de Maturana Leonardo, me mandó esta bonita historia de un legionario que bien podría representar a muchos de su época.
Las fotos son mías.


Grupo Ligero Sahariano del Aaiun. Incidencia rueda de AML-60


Ybis


... La cara se ha borrado y de aquel mercenario cuyo austero oficio era el coraje, no ha quedado más que una sombra y un fulgor de acero
Jorge Luis Borges.


Cuentos en la caseta del Cabo Moreno.
Francisco José Nuez Benito.

En el duro invierno de 1947, a la hora imprecisa del alba, tendido en los arrabales portuarios de Barcelona, murió en el olvido Ybis Ysin Salónica. La tisis, el alcohol y la patria vinieron a romper al más valiente de los hombres.
Supieron que estaba muerto bien entrada la mañana, ya que a nadie extrañó en aquel bordillo la presencia acurrucada del mendigo manco. Alguien se fijó en que tenía los ojos abiertos y su mirada vacía mostraba el asombro de estar entre ángeles o demonios, pero en cualquier caso al otro lado de nuestros rencores.
Aquellos ojos color violeta le hacían inconfundible. Así, por aquella referencia, supe mucho después que había muerto. Por comentarios de taberna brava, que escuché de cuarta mano sin que otros detalles hicieran falta. Barcelona aquellos años estaba llena de mutilados pobres, con ojos color violeta solo Ybis... Recuperamos su historia o, mejor que su historia su destino que no otra cosa tienen los viejos soldados...
Yo le conocí años atrás en Marruecos, aquel país sin nubes y de amaneceres amarillos que permanecía sumido en una guerra que no se acababa nunca. Se alistó con otros a nuestra V Bandera en enero o febrero del año 1925, después de la retirada de Xauen, cuando la legión cubría las bajas de los que cayeron entre Dar Akobba y las barrancadas podridas de Xeruta.
No hablaba una palabra de idioma conocido. Miraba atento lo que hacían los demás desarrollando un instinto mimético del aprendizaje que no abandonaría ya nunca y que le permitió ir tirando por la vida que llevábamos.
Aunque nunca se pudo demostrar, muchos sospecharon que él fue quien trajo aquellos piojos rojos que se agregaron enseguida a las variedades zoológicas marrón y blanca que padecíamos. La nueva especie producía en algunos fiebre alta, pero solo los primeros días, y de estos síntomas exóticos dedujimos que portador y parásitos habrían de venir del otro lado de la tierra.
Aprendió enseguida los arcanos del viejo oficio de soldado; seguramente los traía sabidos: a obedecer pronto, a marchar derecho, a comer poco y tarde, a aparejar los bastes, a conversar con mulos, a jugar al monte, a manejar el pico, a perder la pala, a dormir al sereno, a llorar por dentro, a apuntar sin miedo y a disparar sin puntería.
Con el tiempo supo todas las blasfemias de la lengua castellana y también algunas otras palabras que se le atragantaban en el cuello y que llegamos a entender a fuerza de mucho oído y no menos paciencia. Averiguamos, no se si entonces, que era turco de origen circasiano y no griego, como marcaba su filiación. Había llegado a Barcelona, desterrado del fin del mundo, sin otro equipaje que el puesto y con una cicatriz enorme cosida al pecho.
Con su lenguaje de gestos y gruñidos quisimos entender que estaba orgulloso de aquella herida. Dando mandobles con una estaca supimos que fue de un sablazo; mostrando su espalda intacta comprendimos que era un valiente.
Después de muchos años alguien nos contó que había combatido al lado de los griegos contra Mustafá Kemal por las orillas del Mar Negro, y que recibió la herida cerca de Samsun embistiendo a galope contra la caballería turca. Otras mentiras que ya no recuerdo le arrastraban hasta Izmir y de allí a Chipre, junto con otros derrotados, iniciando un periplo de exiliado apátrida, que lo condujo a España en el año 1924.
No era alto ni bajo, tenía la fuerza de un animal de tiro y unos pies enormes imprevistos para nuestra intendencia, que nunca encontró alpargatas con que calzarlos.
Tenía la edad indefinida del soldado, a los que la lucha hace mayores antes de tiempo. Mas viejo que el siglo, tampoco llegaba a los cuarenta y a nadie le importaban estos detalles, que poca gente entonces sabía con certeza su propio calendario.
Lo recuerdo en invierno, de centinela junto al parapeto de sacos terreros, acariciando la bayoneta, vueltos sus increíbles ojos a la noche; impasible a la vigilia y al frío del Rif.
Cara al pesebre, a la hora de fajina, era el primero de todos. Con el apetito de los caimanes devoraba su ración, quedando sumido al terminarla en un estado de tristeza mística, mientras nos miraba rebañar las nuestras. Bebía de la misma manera, a bocados, aunque por entonces no tenía vicios y nadie borracho le conocía.
Su fortaleza le hacía, en aquella guerra a su medida, bueno para todos los trabajos, que resolvía con una alegría entrañable. De esa manera se convirtió en camillero, oficio que solo se ejercita el día del combate, dedicándose mientras tanto a todos los demás.
Lujurias gastaba no más que otros, lo que ocurría era que gustaba a las mujeres de mal pelaje que en Tetuán había, por lo menos durante un tiempo, hasta que aquellas aprendían que no traía cuenta.
- Que no entre “el turco” ni los que con él vengan. -Decía la que estaba a cargo de la casa, una sefardita de muy mala uva, a la que atribuían amores gastados con el mariscal Lyautey.
Pero siempre había alguna cimarrona dispuesta a compartir su soledad con aquel hombre, a dejarse ver por aquellos ojos claros, que parecía que miraban tulipanes, y a dejarse acariciar por sus manos, que aún acostumbradas a tocar las armas, no habían perdido todavía la ternura.
- Antes, lávate esas uñas Ybis. -Ybis se mojaba los dedos, la cara y el pecho obedeciendo aquel requisito, tan olvidado como inútil.
Después cambiaban amor venéreo y piojos imposibles...
- La próxima que se acueste con “el turco” se marcha con él. -Gritaba la judía al día siguiente en el patio del burdel mientras quemaban borra y humaredas de sal de azufre salían de los cuartos.
La amenaza, nunca cumplida, era el más bajo escalafón en el oficio de la triste carne.
En aquella estrenada legión no te morías de anciano y la primera sangre le vino al poco. Fue de rebato, en la cuerda de la sierra al Sur del Gorgues. Un Bocoya del Jeriro le metió una bala vieja en la escápula sin lograr detenerle. Traía de vuelta los setenta kilos de un alférez muerto. Aquella fue la primera y última vez que vimos sus lágrimas de niño grande; la herida cobarde había entrado por la espalda. El comandante pensó que lloraba al alférez.
Del mordisco curó pronto y el azar le condujo a otras Banderas donde fue creciendo la fama de su vesánico coraje.
Por aquel tiempo empezó a frecuentar las malas compañías, que éramos casi todos, pero su destino le llevó al lado de los peores, junto a los naipes, a ese juego del infierno que es el monte. Apostando al gallo y al albur le venía la mañana, cuando perdía malo, cuando ganaba peor. En su corazón de hombre primitivo metimos el bullicio del mundo, la codicia, la desconfianza. La baraja convierte a los soldados en alacranes. El turco andaba siempre a la rebatiña y desde entonces a aquel fugitivo de tantas guerras dejaron de gustarle los perros.
Sobre los crestones negros de Benni Hozmar a donde nos llevo la guerra, al coronel Millán Astray le sacaron un ojo, y de aquello se habló mucho, olvidando la patria que aquel día Ybis recogió del campo moro doce heridos. No le dieron ninguna medalla, pero el capitán le dio un duro que fue a perder la misma tarde en una mala tallada.
Llevaba año y pico entre nosotros y ya entonces el turco bebía, cruzando con largueza la línea difusa de lo que es mala costumbre. Eso sí; jamas lo hacía antes de los combates, en que se imponía un ayuno franciscano. Su borrachera era severa y ausente; buenas cualidades sin embargo en comparación con otras más broncas y pendencieras. Esta circunstancia le permitía, mal que bien, ir soslayando castigos y mantener la buena fama. Su mirar violeta se tornaba amargo, de la dureza de los látigos y por eso le procurábamos evitar. Olvidaba enseguida el poco castellano que sabía y articulaba unos sonidos indescifrables en la lengua en que maldicen los demonios. También, por olvidar, perdía hasta su apetito de perro vagabundo.
El Estado Mayor, meses después, siguiendo los borrosos magisterios de la ciencia militar, encontró el lugar donde conjurar la última y definitiva batalla de aquella guerra sin victorias. Hasta allí nos llevaron. Los moros para defenderse, habían abierto la fatigada tierra hasta el horizonte, quebrando el espinazo de los montes. Enterraron sus cañones para que no los descubriéramos, se despidieron de sus mujeres y con su larga mirada averiguaron por donde habíamos de venir. Nosotros utilizábamos la estrategia, ellos el instinto, y nos convertimos todos en náufragos de la sangre, mas desolados aún que aquel paisaje al que parecía no afectarle las contiendas.
No consta en los libros tampoco, pero esa mañana y esa tarde el corazón de Ybis fue ocupado por los huracanes; el velo de la muerte vistió el cuerpo de aquel hombre que fue utilizado así para llenar de tumbas los morabos y para agotar el llanto de las hembras. Estábamos detenidos a la fuerza de los tiros en la llanada que cruza el río Yberloken, a nuestro lado pasó un escuadrón al trote, las crines al viento, y a Ybis le vino a la memoria el olor de los caballos...
Dejando a un lado su camilla, montó un tordo que halló sin jinete y se fue a hacer la guerra por su cuenta.
Olvidando cualquier prudencia, hirió a destajo, con la alegría salvaje que tuvieron las huestes de Atila. Recorrió el frente por todas sus geometrías y no le mataron porque se confundió la razón oscura de las cosas.
Solo se detuvo cuando le vino el hambre.
Al descabalgar le contaron cuatro balazos de prestigio y otras cinco cuchilladas. A aquel hombre Napoleón le hubiera hecho allí mismo Mariscal de Francia, pero ese día los heridos de su Compañía se quedaron sin recoger. Le salvo del castigo el hospital de la retaguardia, que llenó de piojos y vació de pucheros. A la tarde siguiente el jefe de los rebeldes Abd del Krim se rindió a los franceses.
La batalla definitiva resultó no ser definitiva del todo y el viento llevó los rencores a las altas cordilleras. Esta vez los moros se aliaron con los cielos que descargaron unos temporales ya olvidados por el género humano.
Solos, junto a los débiles parapetos que miraban a poniente, la nieve se alzó hasta nuestros atributos de machos. Apenas podíamos combatir el frío a base de lamentos, alpargatas de cáñamo y trajecitos de dril. Durante la noche más larga a decenas de legionarios se les paró la sangre en las venas mientras aprendían a rezar. Aquel episodio sin tiros lo ganó la muerte blanca que dejo los blocaos convertidos en glaciares y a los soldados transformados en estatuas.
Yo, a aquellas horas, había abandonado el último afán de lucha y estaba durmiendo muy cerca del otro purgatorio. Entonces apareció Ybis.
Venían por la quebrada más arisca del cabezo, armando barullo y con la misión de sacar de allí a los vivos. El turco llegó sudando como una fragua, con las branquias deshechas y canturreando himnos de sultanes. Iba delante abriendo con su pecho trincheras en la nieve. Los que le seguían no se apartaban de su lumbre.
Ybis me cargó al hombro y en el camino de vuelta me rompió dos costillas...
... Un día vino la paz y no supimos que hacer con ella. Seguíamos alerta en picachos olvidados de los mapas con la difusa obligación de proteger el territorio y no alargar mucho la siesta.
Ybis en su destacamento barajaba al monte y con su recién nacida autoridad de sargento por méritos de guerra decía quien jugaba y hasta que hora, determinaba la cuantía de las apuestas y, reemplazando al azar decidía las cartas que habían de salir. Aturdido de poder y de penumbra contagió su desamparo a cuantos por allí se dejaron caer. Múltiples fueron las quejas de cantineros magullados que hablaban delirando acerca del saqueo de sus licores. Los moros emigraban hacia vecindades más fáciles y contaban a media voz del harén del turco y de los suyos con mujeres rasas y de borracheras perpetuas en los aduares. Aquel legionario de destino irreparable mandaba como lo hacían los bucaneros; no hubiera sabido hacerlo mejor y nadie gastó un minuto en enseñarle lo contrario.
A todo esto, los oficiales que lucharon con valor a nuestro lado descansaban ahora en las guarniciones de provincias, de donde llegaron otros que no sabían de la guerra ni de la naturaleza de los hombres que la hicimos. Vinieron con instinto de carceleros, los oídos inundados de prejuicios y confundida la bizarría con la crueldad. Muy pronto, con la severidad de los conversos, desfilaron mejor que nadie a la sombra de las banderas vistiendo el uniforme glorioso de los muertos. Olvidaron que no teníamos más delito que la pobreza y nos tomaron por miserables a los que había que redimir.
El eco de las tropelías del turco se oyó entonces más alto que otros pleitos. Ya habían callado los cañones y hubo que poner ejemplar remedio. La patria no sabía que hacer con sus héroes. Ybis, ningún legionario tan propio, fue expulsado por conducta impropia. Ningún asombro tan grande como el de sus ojos violeta incapaces de comprender lo que estaba pasando. Marchó sin rencores, sin una perra gorda, con el sosiego de la conciencia inocente, dejando tras de sí una leyenda fabulosa tejida con los rumores de cafetines y cantinas. Perdimos al mejor soldado, pero recuperamos la sublime estupidez de la decencia.
Después, durante algunos años, nada de él se supo, y aquellos cuentos de cuartel lo hacían ubicuo como las estrellas. Unos le situaban en Casablanca, desertor de Sidi bel Abbés al frente de un burdel patibulario, otros le habían visto enrolarse de marinero hacia las Antillas, hubo quien dijo que murió en Marsella de una bronca en los tugurios últimos.
Entonces, en el treinta y tantos, la guerra vino otra vez sobre España. Ejércitos furiosos peleaban por la tiranía del orden o de la libertad. La insensatez inexorable de los hombres, los cuchillos calientes, el álgebra de la muerte, la sangre hecha ceniza y horror en el remolino suicida de la historia.
Y nosotros volvimos al resignado oficio. Hacían falta soldados. Ybis acudió a la llamada y nadie le cerró ahora la puerta.
Volvió distante, distinto; aunque limpio arrastraba consigo un olor inconfundible a gato muerto. Ahora ni bebía ni jugaba, traía la fortaleza de siempre, el hambre de siempre, el coraje de siempre; había aprendido a hablar mejor, pero había cambiado en el camino su inocencia por mala leche. Nada contó de los años ausentes, que todo en él había sido siempre ausencia.
La tierra de Gamonal, Casar de Talavera, Arenas de San Pedro, Cazalegas, Toledo, Olias del Rey y tantas otras fueron testigo del retemblor espectral de aquel Circasiano de cobre, que acometía contra los rojos con impulso de caballo. Ya no le obligaron a llevar una camilla porque una trivial bayoneta en sus manos era un arma secreta.
- Ybis, como sigas así te van a dar una medalla. -Le decíamos.
- Esas son cosas de comandantes. -Respondía Ybis.
Aquel descomunal valor tan suyo no podía durar mucho. Eran las horas viejas y sagradas más allá de las crónicas de la historia. El fulgor de la noche y el olor de la batalla dormida auguraban la destrucción de un hombre, la destrucción de todos los hombres. Al día siguiente, uno cualquiera de la guerra, al asalto de una trinchera sucia en los alrededores de Carabanchel, un casco ardiente de metralla le arrancó al turco el antebrazo diestro. No se murió desangrado porque se volvió a equivocar el destino. Le condujeron al hospital a la fuerza, que el quería seguir buscando su otra mitad entre los escombros...
Ahora si le dieron su medalla, una pensión miserable y una palmada en la espalda. Se marchó arrastrando una herida que era superior a sus fuerzas. Debía haber sucumbido entonces o quizás había ya sucumbido y no nos habíamos dado cuenta. Inútil para lo único que servía, no servía ya para nada.
Llegó la paz y con ella el gusto amargo de la victoria.
Supimos que el Turco marchó a Barcelona y que sobrevivió como pudo, a base de alcohol y de arrancar limosnas entre la compasión y el asco.
Hasta que murió otra vez.
...Dicen los moros viejos que en el aire está el lamento de los héroes, pero que no los oímos porque siempre los estamos oyendo.

Sección del 2º Escuadrón del Grupo Ligero del Tercio D. Juan de Austria.


José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería
Legionario.

4 comentarios:

Javier de la Uz dijo...

Agridulce, pero bonita historia.

Anónimo dijo...

YBIS, ¡que maravilla!. Simplemente para enmarcar.
Una obra maestra.
No conozco al autor, pero mi felicitación más sincera.
Un abrazo,
Luis Gª-Mauriño

Jose V. Ruiz De Eguílaz y Mondría dijo...

Olvidé poner al autor. Ya lo he hecho.

Francisco Ángel Cañete Páez dijo...

Emocionante historia la del legionario Ybis, descrita con brillante prosa literaria por su autor a quien felicito. En verdad, el legionario "turco" Ybis, no se merecía esa muerte infame, en los arrabales portuarios de Barcelona, en el invierno de 1947.