ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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27/1/14

LA BATALLA DE TRAFALGAR











Trafalgar sigue fascinando a numeroso público europeo. El combate naval que se libró el 21 de octubre de 1.805 en aguas próximas al Cabo de este mismo nombre tiene todavía resonancias míticas. Forma parte de nuestra memoria colectiva para siempre.


Batalla Naval de Trafalgar

Una andanada del HMS -siglas del inglés His/Heer Majesty´s Ship – (Buque de su Majestad)  Sandwich durante la Batalla. (Óleo de Auguste Mayor, pintado en 1.836)

Poetas, pintores, novelistas, nos han dejado bellos testimonios artísticos y literarios de aquel combate, que enfrentó a la Escuadra hispano-francesa, al mando de Villeneuve, a una británica, liderada por Nelson.

 El libro sobre este hecho de armas que ha tenido más éxito es una novela española: “Trafalgar” de Benito Pérez Galdós. Escrita en 1.873, fue un éxito literario casi inmediato y después ha estado prácticamente siempre a la venta en España. La obra no sólo se publicó en España e Hispanoamérica, sino ha sido traducida en seis lenguas distintas.

Historia del Combate en Trafalgar

La visión global de las operaciones navales del año 1.805 realizada por R. Monaque, desde el punto de vista francés, y por J.I. González-Aller, desde la óptica española, coinciden ambos, en las grandes carencias de la Escuadra combinada en esta campaña. Sin embargo, también coinciden, en el hecho  de que contrariamente  a lo defendido por la historiografía tradicional, las fuerzas hispano-francesas presentaron mejor batalla de lo previsto inicialmente por Nelson y sus Capitanes. Concluyendo, que Gravina, jefe de la Escuadra española estuvo  a la altura de su tiempo.

Hubo un tiempo en que era fácil leer  en las crónicas francesas de las guerras napoleónicas que la batalla de Trafalgar fue, esencialmente, un hecho marginal que no introdujo ningún cambio de importancia.

Los historiadores británicos, por el contrario, afirmaban que la victoria de Nelson había desbaratado los planes de Napoleón de invadir Gran Bretaña y que, por algún mecanismo no muy claramente explicado, había servido para asegurar la supremacía naval británica durante todo un siglo.

Táctica de Combate en Trafalgar

 Nelson, quería “una batalla a corta distancia y decisiva”. No podía permitirse maniobrar durante mucho tiempo debido a las pocas horas de luz que tienen los días a finales de octubre y, con el menor esfuerzo posible debía poder aislar y derrotar a una gran parte de la Escuadra enemiga antes de que el resto pudieran intervenir. La única forma de lograrlo era trabar rápidamente combate a corta distancia y de manera desorganizada y confusa. Su plan de ataque tenía como finalidad aislar y destruir dos tercios de la Escuadra combinada antes de que su vanguardia pudiera volver en su auxilio,  y en la nota secreta que mandó a sus Capitanes antes del combate, les recomendaba que “si no se pueden ver o entender perfectamente las señales, ningún Capitán se equivocará si pone su buque al costado de un buque enemigo”.

National Marine Museum Greenwich. 
Retrato de Nelson, por Lemuel Francis Abbot, 1.800

Nelson hizo todo lo posible para que el plan que había concebido llegara con claridad a sus Capitanes. La Escuadra británica, que estaba bien adiestrada en las maniobras en formación, no tenía experiencia en la táctica del combate desorganizado. Nelson había formado su Escuadra rápidamente y dispuso de poco tiempo para hacerles conocer a todos ellos su propia doctrina táctica. Sin duda eran  muchos los partidarios del combate cuerpo a cuerpo. Mientras que los Capitanes de la Escuadra aliada tenían más experiencia en combate y trece de ellos habían participado recientemente con Calder en el combate ante el Cabo Finisterre el 23 de julio, frente a uno solo de los de Nelson.

Sin embargo, el plan de Nelson no se cumplió en su totalidad. La táctica de Nelson consiguió concentrar 26 ó 27 navíos británicos frente a 23 ó 24 de los Navíos de la Escuadra combinada. No obstante, nueve de los buques aliados seguían sin ser capturados cuando la vanguardia avanzó para acudir en su auxilio, y los nueve consiguieron escapar con parte de la vanguardia  a Cádiz. En parte, este hecho se debió a la velocidad con la que atacó Nelson, que dejó a algunos  de sus barcos rezagados para entrar en combate, debido a distintos motivos de navegación que los hacía más lentos. Todos ellos al final entraron en acción, pero el pleno efecto del plan de Nelson, y sus esperanzas de apresar veinte buques de la sección central y de retaguardia de los aliados, quedaron frustrados por la mala táctica  y la ineficacia consiguiente del empleo de la artillería por parte de algunos de estos Navíos rezagados. Se podría decir que hasta casi la mitad del combate todo fue como lo había planeado  Nelson, pero a partir de ahí empezó a ir mal, y de eso es responsable el deficiente empleo de la artillería británica.

Según el método clásico, para llevar a cabo un combate a corta distancia con efecto óptimo, debía reservarse el fuego artillero desde las bandas hasta que los buques estuvieran a la par. La razón es que así la tripulación llegaba a ese momento descansada y capaz de mantener un ritmo rápido y preciso de tiro durante el tiempo suficiente para superar el fuego del enemigo y apartar a su tripulación de los cañones, tras lo cual iba creciendo el número  de sus bajas hasta que se producía su rendición para evitar un mayor castigo o quedaba tan debilitado que se evitaba cualquier intento de abordaje por su parte.

El plan de Combate de Nelson

En septiembre de 1.805 el Navío de guerra dotado de 100 cañones y bautizado con el nombre de Victory llegaba a Cádiz, para unirse a una escuadra que estaba siendo reunida por los británicos para hacer frente a la escuadra combinada franco-española, refugiada en la bahía gaditana desde mediados de agosto. Ahora los británicos mandaban a su más famoso Almirante para que se pusiera al mando de la Escuadra.

Recién iniciado el otoño de 1.805 Nelson tenía  ya una idea  clara de cómo iba a entablar su siguiente combate y de que estaba tan seguro de su plan que podía tratarlo, e incluso demostrarlo, con colegas y amigos. Y por la descripción del Capitán Keats, amigo personal y confidente, de la conversación semanas antes en los jardines de la casa del Almirante en Inglaterra y del dibujo descubierto, se puede ver que el plan tenía tres elementos fundamentales:

1.- Un ataque con la Escuadra dividida en dos columnas

2.- Romper la línea enemiga

3.- Un ataque relámpago (“avanzaré con toda rapidez contra el enemigo”) ideado para “sorprender y confundir al enemigo” y provocar “una batalla desordenada, con  combates parciales”.


El Almirante Nelson, explica su plan de ataque a sus Oficiales a bordo del “Victory” momentos antes de la Batalla. (Aguafuerte de James Godboy, según un original de William Marsall)

En cuanto al combate desordenado, con combates parciales, era conocida de Nelson su preferencia por el combate a corta distancia. De hecho, una de las señales que utilizaba con más frecuencia era la que transmitía el mensaje “Combatir con el enemigo más de cerca” y en Trafalgar fue la única señal que mostró y ordenó que quedara ondeando del mástil de Victory durante todo el combate.


Dibujo del Buque “Victory” del Almirante Nelson

Nelson, decía a sus subordinados que estaba seguro de que “…sabréis, una vez conocido mi objetivo exacto de entablar combate decisivo y a corta distancia, suplir cualquier deficiencia en las señales si se produce el caso”.  Antes del combate escribe. “Si ambas Escuadras están preparadas para el combate y es necesaria poca maniobra, cuanta menos mejor, un día se pierde en ello”.

Queda claro que quería un “combate a corta distancia y decisivo” y que para ello debía romperse la línea enemiga y concentrar el ataque en algunos de sus Navíos, dejando el resto fuera de la acción. Ahora, sin embargo, se ven dos elementos nuevos. Primero, Nelson desea evitar toda maniobra innecesaria antes del comienzo del combate y, segundo, dice a sus Capitanes que no deben esperar a sus señales sino actuar por propia iniciativa. Más adelante añade que por esta razón “el orden de navegación debe ser el orden de combate”. De manera que no se debe perder tiempo en maniobras: tan pronto como se aviste al enemigo comenzará el ataque de los británicos.

Cuando la Escuadra británica partía hacía el combate la mañana del 21 de octubre, Nelson decidió animar a la Flota con una señal: “Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber” Esa es la esencia del “Toque de Nelson” y, sin duda, más que ninguna otra innovación táctica, lo que decidió la victoria de los británicos en Trafalgar.

Estrategia, táctica y resultados


Lámina, orden de batalla en el Combate de Trafalgar


Plano de las dos Flotas opuesta a las doce del medio día del 21 de octubre de 1.805 (según Taylor, 1.950)

La Flota británica se aproxima a la Flota Combinada de Francia y España desde el Sudoeste.


































Plano de la Batalla a las 4:30 de la tarde (según Taylor, 1.950)

Ya resulta obvio que los británicos han ganado la Batalla y los barcos franceses y españoles capaces de retirarse de la zona de batalla no dudan en hacerlo.

La táctica anunciada por Nelson en Trafalgar suele presentarse como una innovación decisiva que decidió la suerte del combate naval y revolucionó sus reglas. No obstante, ya se había demostrado en otras campañas, que un comportamiento más agresivo, dejando a un lado el combate tradicional entre dos líneas de batalla, podía llevar al éxito. Este método a Villenueve no le sorprendió. Con una lucidez total, había descrito a sus Capitanes cuál sería el comportamiento de su adversario. No veía la forma de contrarrestarlo y así se lo escribía en agosto a Decrés: “Tenemos un Táctica Naval anticuada, sólo sabemos ponernos en línea, y eso es lo que pide el enemigo”. Yo no tengo ni los medios, ni el tiempo, ni la posibilidad de adoptar otra”.

 Las razones de este pesimismo, por otra parte excesivo, tal como demostraría el extraordinario comportamiento de varios Comandantes franceses y españoles durante la batalla, pueden agruparse en tres grandes campos que, evidentemente, se cruzan entre sí: el personal, el material y el logístico.

El traumatismo revolucionario, pese a haber transcurrido ya una docena de años, sigue teniendo gran impacto en el personal de la Marina Imperial. Casi todos sus aristócratas habían sido guillotinados y la Marina Real francesa anterior a la revolución había sido una organización muy aristocrática. Todos los que tenían una vinculación con la Nobleza, habían huido del país para no ser guillotinados o sufrir otro de los castigos a los que se sometía a los responsables del antiguo régimen, como se denominaba.

Almirante Villenueve

El Almirante Villeneuve, como sus Oficiales Superiores pertenecían al segundo, incluso al tercer nivel de Comandantes Navales franceses y esto que lo más alto de la jerarquía no era bueno, se repetía en todos los extractos hasta el más bajo.

El Almirante, también cuestionaba insistentemente algunas dificultades materiales, especialmente en lo tocante a “los mástiles, velas y aparejos viejos y de mala calidad, que con el mínimo soplo de viento, se rompen sus mástiles y se desgarran las velas…”. 

 Aun más decisiva, es la inferioridad de la artillería francesa comparada con la de su rival británica. Las causas son múltiples. La artillería principal de los Navíos franceses está constituida por cañones que disparaban granadas de 36 libras, la de los ingleses por piezas del 32. Éstas, un poco más ligeras, se cargan con mayor facilidad, sin que ello afecte demasiado a su eficacia. Esta pequeña ventaja, pero, sobre todo, el entrenamiento, muy superior, de los artilleros británicos, aseguran a la Royal Navy una cadencia de tiro mucho más elevada que la que se constata por la Marina Imperial. Mientras los franceses sólo disparaban un tiro cada cinco minutos, los ingleses, en ese mismo tiempo, según parece, llegaban a efectuar entre dos y tres disparos.

Los ingleses utilizaban desde sus alcázares y castillos, un arma de corto alcance realmente terrible: la carronada. Este cañón, corto, de gran calibre, cuyo retroceso absorbía una braga que se hacía firme en el puente, por lo tanto fácil de recargar, permitía proyectar contra el adversario grandes cantidades de metralla, que barrían los puentes y despedazaban vela y aparejos.

Un último campo, el de la logística. Los británicos desde 1.793, dominan el mar y se han vueltos maestros en mantener y aprovisionar a sus escuadras lejos de los puertos de arribada. Nada parecido en el caso de los franceses, casi siempre bloqueados en sus Bases, y que en esta campaña, vuelven a descubrir las dificultades que entraña el mantenimiento en alta mar.

Los españoles en Trafalgar

En cuanto a los buques, es admitido comúnmente entre los estudiosos que el diseño y la construcción naval Militar española del siglo XVIII y hasta después de Trafalgar tenía poco que envidiar si no es que superaba a los de otras naciones.

Almirante Francisco Gravina Napoli     
               
Gracias a unos grandes constructores españoles de comienzos de siglo, se construyeron navíos excepcionalmente bien conseguidos, más grandes y resistentes que sus homólogos británicos. Estos buques estuvieron entre los mejores del siglo, y muy especialmente sus navíos de tres puentes y 112 cañones de porte, de entre los cuales el Príncipe de Asturias (comandado por el popular Almirante Francisco Gravina Napoli) y el Santa Ana (capitaneado por el General Ignacio María de Álava) tuvieron una destacada actuación en Trafalgar. Conviene resaltar que con la técnica de aquella época resultaba casi imposible  que dos Navíos según los mismos planos resultasen enteramente iguales en condiciones, era inevitable que algunos salieran medianos y otros francamente malos. Uno de los menos conseguidos pese a su potencia, después de las sucesivas y poco afortunadas reformas fue el famoso Santísima Trinidad (al mando del General Baltasar Hidalgo de Cisneros), siendo el buque de guerra más grande del mundo y presente en Trafalgar.  Destacando también el San Juan Nepomuceno (un buque de 74 cañones al mando del conocido Contralmirante Cosme Damián Churruca).


Navío Príncipe de Asturias, arbolando la Insignia de Gravina, se bate contra cinco Navíos Ingleses, 21 de octubre. (Composición y dibujo de A. Cortellini)





               


                      Baltasar Hidalgo de Cisneros            










Réplica de la Santísima Trinidad en el puerto de Alicante



   





Cosme Damián Churruca
































                       Dibujo del Navío San Juan Nepomuceno

Otro aspecto que resultó aún más decisivo, es el de la enorme superioridad numérica británica sobre ambas  Escuadras combinadas. Hubo una proporción de dos a uno. Seguramente esta superioridad numérica tuvo un efecto muy claro sobre los marinos de ambos bandos: La Escuadra combinada sabiéndose muy superados tendieron siempre a tácticas defensivas y conservadoras, mientras que los británicos, seguros de su superioridad, tendieron a tácticas mucho más agresivas, demostrando que tenían poco que perder y mucho que ganar.

Resulta fácil ahora criticar esta postura de españoles y franceses, pero una actitud más agresiva por parte de estos, hubiera sido casi con toda seguridad suicida.

Los buques de la época  se clasificaban en diversas categorías atendiendo sobre todo al número de cañones que portaban, arma por entonces fundamental en el combate naval y prácticamente única, salvo por las ligeras de las dotaciones a muy corta distancia o en abordajes. Los Navíos mayores contaban con tres puentes de baterías, aparte de los cañones en cubierta, totalizando una cifra que rebasaba el centenar, por debajo de ellos estaban los de 80 y de 74, con algunos más pequeños de 64, sobre todo en la Royal Navy. Aunque  la diferencia entre los de 80 y de 74 parece escasa, era de hecho mucho mayor, pues los de 80 contaban con piezas de mayor calibre que los de 74, por lo que resultaban muy superiores y lo mismo cabe decir de los tres puentes, que el número de sus piezas sumaban el superior calibre de la batería baja, por lo que uno de 74 o de a 80 no era realmente enemigo para ellos. También en esto, era evidente la superioridad británica con sus siete tres puentes contra los cuatro españoles, mientras los franceses no tuvieron ninguno en Trafalgar. Por su parte, los Navíos británicos llevaban dos carronadas de 32 y seis de a 34 ó 18, por lo que la superioridad inglesa se basaba en el mayor número de Navíos de tres puentes y en las carronadas.

En cuanto la eficacia y velocidad de fuego de ambas Escuadras, se ha exagerado mucho. La realidad es muy sencilla: los británicos reservaban su tiro hasta el último momento, cuando más daño podía hacer, en vez de disparar a la larga o media distancia como sus enemigos. En cuanto a la puntería, cabe recordar que los británicos preferían efectuar sus andanadas casi a quemarropa, mientras que españoles y franceses lo hacían a media o larga distancia, por lo que la comparación no puede establecerse en sus justos términos. Por último, siendo superior la artillería de la Royal Navy sobre la Marina francesa, fue la superioridad en la táctica y en la artillería sobre la mitad francesa de la Escuadra combinada lo que le dio la victoria a Nelson.

Los Navíos españoles llevaban ya no completas sus dotaciones de hombres, sino que e incluso iban tripulados en exceso. No parece que éste fuera el caso de los franceses, que tuvieron serios problemas para cubrir las bajas por enfermedad, combate u otras causas durante la campaña, pues muchos de ellos llevaban meses sin recalar en puertos propios.

Al final, aquellos españoles lucharon por puro patriotismo, honor y disciplina, faltos de medios materiales y dignos de mejor causa, lo que les convierte en figuras heroicas, estando además avalado por su conducta durante el combate y en la posterior salida para rescatar a los buques apresados por el enemigo, hecho pocas veces resaltado y que es una prueba concluyente de su valor y tenacidad.

Las consecuencias de Trafalgar:

Para los franceses, el combate marca una fractura histórica. La mentalidad de tierra adentro del país se siente confortada y como justificada. La esperanza de poder disputar a Inglaterra la supremacía marítima se esfuma para siempre. La Marina francesa ha de conformarse con papeles de segundo plana.

Para los ingleses, Trafalgar es una apoteosis. Toda la nación siente por ello orgullo y confianza en su destino. La Royal Navy consigue un prestigio enorme y Nelson, divinizado, ve, aún en el siglo XXI, cómo se celebra su culto cada año con un fervor totalmente religioso.

Los españoles, por su parte, ven en Trafalgar un sacrificio inútil, en aras del honor y en pro de un aliado impuesto, que no se mostró nada agradecido. Privada de su Flota  y de sus comunicaciones con América Latina, España tendrá que renunciar a su papel de potencia marítima mundial. 

El Almirante Gravina en Trafalgar

Napoleón, en agosto de 1.805, decía del Jefe de la Escuadra española: Gravina es todo genio y decisión en el combate. Si Villenueve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa”.

Gravina poseyó todas las características de un líder, respetado por sus subordinados, mantuvo siempre un trato firme pero respetuoso con ellos, y la lealtad hacía ellos, fue otra gran cualidad suya. Destacó por el desprecio a las incomodidades de la dura  vida a bordo y las peligrosas misiones en tierra. Fue ejemplo de laboriosidad, a costa de su salud. Supo rodearse de un equipo excelente de Oficiales en 1.805, muchos de los cuales habían servido a sus órdenes en otras campañas. Entre ellos se encontraban prestigiosos Comandantes de Navío como Dionisio Alcalá Galiano, Cosme Damián Churruca y Francisco Alcedo y Bustamante, los tres muertos en el combate al mando de sus respectivos Buques: Bahama,  San Juan Nepomuceno y Montañés. Además Gravina demostró su flexibilidad en el mando al delegar en sus Comandantes la elección de los Segundos de cada buque en los inicios de la campaña.

                            
     
  Dionisio Alcalá Galiano                                                            Francisco Alcedo y Bustamante


El trabajo de un equipo formidable, dio frutos a lo largo de 1.805. La moral de combate fue notoria en la Escuadra española, tanto en Finisterre como en Trafalgar.

A lo largo de su carrera Naval, también demostró su habilidad para sacar el mejor partido a la Armada. Siempre que fue posible sometió a las tripulaciones a un entrenamiento constante en la maniobra y el manejo de la artillería. Incluso  existen indicios de una planificación antes del combate con sus Oficiales o la distinción entre objetivos estratégicos y tácticos.

Las dotes estratégicas y tácticas de Gravina y su equipo se comprobaron nuevamente en la propia Cádiz. Enterado del nuevo  proyecto de Napoleón  de enviar la escuadra al Mediterráneo, el Jefe español conferenció  con Villenueve. Le advirtió sobre las dificultades de salida y paso del Estrecho, debido a las fuerzas enemigas que bloqueaban la Plaza y los vientos contrarios. Gravina siguió razonando  a Godoy (Primer Ministro de Carlos IV) las dificultades y riesgos de una salida precipitada Finalmente, no hay pruebas documentales de que Gravina, ante la vista de la Escuadra británica el día 21 de octubre, pidiese a Villenueve operar de forma autónoma con su Escuadra de observación. La formación de una línea de combate larga y mal organizada fue probablemente la última de sus frustraciones en esta campaña.                                                                 
Sin embargo, durante el combate de Trafalgar la Escuadra de Gravina y Escaño (Segundo Jefe de la Escuadra española)  maniobró con mejor fortuna que el resto de la combinada, a pesar de la dureza del ataque británico. Ello le permitió agrupar finalmente algunas Unidades y retirarse a la bahía de Cádiz.

El comportamiento heroico de Gravina fue admirado por sus contemporáneos e influyó decisivamente en su carrera. El sentimiento de honor inspiraba su conducta y la lealtad a sus superiores fue sobresaliente en el Almirante. Esa lealtad incuestionable a su Jefe, a las órdenes de Godoy y la Alianza hispano-francesa fue decisiva a la hora de aceptar la salida de la Escuadra combinada el 19 de octubre, pese a los riesgos con que se enfrentaba.

Considerado el mejor táctico del siglo XVIII español y convertido a su pesar en el líder de la Escuadra derrotada, tomó sabias decisiones en los días siguientes, entre otras la de continuar el combate, enviando a la mar los Navíos disponibles –españoles y franceses-, a pesar de las duras condiciones meteorológicas.

             

Estandarte del Buque Príncipe de Asturias del Almirante Francisco Gravina Napoli    

               
 En cuanto a la decisión conjunta tomada por ambas Escuadras, Villenueve optó por salir a la mar. Gravina solo cumplió su deber militar y siguió su código de honor al aceptar las órdenes del Gobierno, apoyando a Villenueve en aquella huída hacia delante, hacia un combate seguro y desfavorable. Lo cierto es que el Marino español sufrió fuertes presiones de Napoleón, Decrès y Godoy a lo largo de la campaña. Si Gravina se hubiese opuesto a esta salida, a largo plazo nada hubiese cambiado. Su probable sustitución por otro Jefe español no hubiera impedido la continuidad en la subordinación  de la Armada a una mala estrategia Naval de Napoleón, a la ausencia de un líder Naval francés a la altura de los tiempos.

 Cádiz y el Combate de Trafalgar


El Cabo Trafalgar es una pequeña isla que se une al Continente por un brazo de arena. Frente a este lugar se desarrolló la Batalla



En Cádiz, Antonio Alcalá Galiano (hijo del Marino Dionisio Alcalá Galiano) fue testigo de cómo se fue preparando la Escuadra franco-española para enfrentarse a la inglesa. Recordaremos que mientras los ingleses al mando de Orde iniciaron el bloqueo de 1.805 y franceses y españoles acordaron reunir una Escuadra combinada en Cádiz para combatir definitivamente a la del Reino Unido, que al mando del Almirante Nelson se había aproximado a las costas gaditanas con intención de atacar la Escuadra combinada fondeada en la bahía, pues aunque la franco-española tenía más Navíos que la inglesa, ésta estaba mejor armada y su experiencia era mayor. Al mando de la aliada, estaba el Almirante francés Villeneuve, y la Escuadra española la comandaba el Almirante Federico Gravina.

Tras los imprescindibles preparativos, desoyendo los consejos más expertos de los marinos españoles que consideraban que la ventaja de la Escuadra combinada consistía en esperar el ataque en la bahía, y le anunciaban, entre otras cosas, un temporal de levante que dificultaría la salida a mar abierto, dándole mayor ventaja a la Escuadra de Nelson, el Jefe de la Escuadra combinada, Almirante Villenueve ordenó, el día 18 de octubre, preparar su salida. La Escuadra se hizo a la mar el 19 y, como habían anunciado los Jefes españoles, el fuerte viento de levante retrasó las maniobras hasta la siguiente jornada.

Cuthbert Collingwood

Como señaló Antonio Alcalá Galiano,  los gaditanos se volcaron en el socorro de los combatientes, una ayuda que prestaron a todos los heridos, sin mirar la nacionalidad, incluso a los enemigos ingleses. Un comportamiento que sorprendió a los propios ingleses, y que constataban, al tiempo que mostraban admiración y gratitud, como hizo el Vicealmirante Collingwood en un escrito al Almirantazgo inglés.

 “Nuestros Oficiales y hombres heridos en algunos de los buques apresados fueron tratados con la mayor consideración; todo el país se encontraba en la playa para recibirlos; los Sacerdotes y las mujeres repartían vino, pan y fruta para ellos; los Soldados salieron de sus barracones para buscarles alojamiento”. (Lord Collingwood a J.E. Blanket, 2 de noviembre 1.805).

Posiblemente por ello, en reciprocidad, Collingwood ofreció al General Solano (Capitán General de Andalucía), el 27 de octubre, la libertad de muchos prisioneros españoles heridos para que pudiesen ser asistidos en tierra, ofrecimiento aceptado y correspondido de la misma manera por el General Francisco de Solano, otorgando, así, al combate de Trafalgar un final de dignidad humana.

Bicentenario de la Batalla de Trafalgar 

El 21 de Octubre de 2.005, conmemorando el Bicentenario de la Batalla de Trafalgar, las Escuadras implicadas en la misma, rindieron homenaje a los caídos en las aguas de Cádiz.


Las Fragatas, Reina Sofía, española, Montcalm, francesa, Y Chatham, inglesa, desfilan ante el Portaaviones Príncipe de Asturias, rindiendo honores a los caídos en la batalla de Trafalgar.


El Comandante de la Fragata Reina Sofía lanza una corona de flores a su paso ante el Portaaviones Príncipe de Asturias, en el homenaje rendido en las aguas de Cádiz.





Francisco Javier de la Uz Jiménez


Fuentes consultadas:

Trafalgar y el mundo atlántico, por Agustín Guimerá, Alberto Ramos y Gonzalo Butrón (coords.)

Trafalgar. Biografía de una batalla, por Roy Adkins. Traducción de Jorge Salvetti

 Otras Fuentes


4 comentarios:

Francisco Ángel Cañete Páez dijo...

Artículo muy bien documentado, con alto contenido histórico y bellísimas ilustraciones. Si Don Benito Pérez Galdós levantara la cabeza , a buen seguro que lo aplaudiría. Felicidades Javier.

G. uillermo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javier de la Uz dijo...

Gracias por vuestros comentarios, pero honestamente, ni me creo tan bueno por los halagos de mis amigos, ni tan deplorable por las críticas destructivas de los anónimos. Simplemente soy un aficionado a la lectura que publica lo que resume, siempre que el Administrador de este Blog, me lo siga permitiendo.

Jesus Izco dijo...

Todo análisis de la historia de España, en este caso sobre la batalla de Trafalgar, me satisface, más si está bien escrito y documentado. Tal vez algún día se consiga equilibrar el número de entradas en la red de Nelson y Churruca, aunque falta mucho.
Mi acceso ha estado motivado por mi interés en reproducir la imagen del San Juan Nepomuceno para un libro sobre el uso simbólico y material de los robles. El SJN como todos los navíos de la época era un auténtico bosque flotante y ese barco en particular está ligado a un roble magnífico de los montes de Cantabria.
Te solicito permiso de repoducción de la imagen de la que citaré la fuente e indicaré mi agradecimiento por el permiso concedido.
Te ruego la respuesta al correo jesus.izco@usc.es
Gracias