ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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25/12/13

Entierro del Comandante de Caballería Jesús Velasco Zuazola

 
 

 
 
 
 
 
 
1980. UN AÑO PARTICULARMENTE DIFÍCIL
 
EL ENTIERRO 
Es normal que cada nuevo año se reciba con alegría, sin embargo la sensación que la entrada del año 1980 dejaba en mi espíritu era una extraña mezcla de fatiga y pesadumbre. Llevaba un largo camino recorrido y no vislumbraba un oasis de paz y tranquilidad en el que pudiera detenerme antes de alcanzar la meta que perseguía y que – me di cuenta – verdaderamente ignoraba.
Por otra parte mi ánimo, golpeado por tantos infortunios como habían acontecido durante el año que acababa en nuestra patria, no era capaz de contemplar con optimismo el que comenzaba, sino con recelo.
Además casi todas las medidas que se adoptaban en la Institución Militar me desagradaban; y en mi hogar las cosas no iban mucho mejor.
Llegó la Pascua Militar y rompiéndose la tradicional costumbre por primera vez al discurso de Su Majestad precedió el del Teniente General Gutiérrez Mellado y el del Ministro de Defensa, Sr. Rodríguez Sahagún.
Este hecho, y el contenido de los propios discursos, hizo ver con claridad a los cuadros de mando que las FAS estaban ya totalmente mediatizadas por el poder político y que quien verdaderamente mandaba en los ejércitos era el General Gutiérrez Mellado, y ello no gustó en absoluto.
 
Pocos días después, concretamente en la mañana del día 10 de Enero, me llegó la noticia: A primera hora había sido asesinado en Vitoria el Comandante de Caballería D. Jesús Velasco Zuazola, jefe de los Miñones de Álava, constituyendo éste el tercer asesinato realizado por ETA  en el País Vasco en el año que se iniciaba.
Durante mi estancia en aquella región “Chuchi” Velasco, como lo conocían sus compañeros y amigos, había sido mi colaborador más desinteresado, auténtico consejero, entrañable amigo y valioso refuerzo en la estructura que me tocaba organizar. Responsabilizándose con el nombre de guerra de “Velarde” de la provincia de Álava.
De carácter abierto y gesto siempre sonriente, sólo amigos se le conocían. Su muerte me supuso un duro golpe y decidí ir a su entierro que estaba previsto tuviese lugar al día siguiente en Vitoria, donde había nacido y donde había encontrado su muerte.
Para obtener la correspondiente autorización hablé con el General Urrutia (mi jefe de Estado Mayor) y éste me informó que precisamente el Estado Mayor del Ejército había autorizado a que un helicóptero de las FAMET de Sevilla recogiera en Ceuta al Comandante José María Velasco, hermano del asesinado, también de Caballería y allí destinado, para que pudiera llegar al sepelio. Y añadió, que visto mi interés fuese a recogerlo y le acompañara en el viaje.
Así lo hice. Nuestro encuentro en Ceuta fue emotivo y ambos comentamos como el temor de que pudiera pasar lo que al fin pasó nos había asaltado muchas veces a la vista de la creciente inseguridad que afectaba a toda la nación y en especial por la situación de terror que dominaba el País Vasco.
  El viaje discurrió sin contratiempos hasta Madrid donde al repostar el helicóptero nos informaron     que a causa de la situación meteorológica no podíamos continuar el viaje por ese medio por lo que, poco después, en un vehículo oficial puesto a nuestra disposición iniciamos el recorrido con dirección a Vitoria.
El día frío y gris –un típico día de invierno– fue cerrándose a medida que nos acercábamos a nuestro destino y la lluvia, la nieve y el aguanieve, nos acompañaron en los últimos kilómetros.
Al llegar a Vitoria nos dirigimos directamente a la Diputación Foral de Álava en cuya Sala de Juntas se había instalado la Capilla Ardiente. En la estancia –de la que entraban y salían numerosas personas– dignamente revestida para la ocasión, permanecía junto al féretro un nutrido grupo de personas compuesto en su mayoría por militares de uniforme.
Me sorprendió que, dada la popularidad y simpatía de que gozaba y el cargo que ostentaba el Comandante asesinado, se viesen tan pocos paisanos.
Después de rendir un silencioso homenaje a mi difunto amigo y encomendar a Dios su alma con una oración, me separé del féretro y abandoné la sala.
Fuera me encontré con numerosos conocidos, unos compañeros de armas y otros antiguos colaboradores de mis tiempos, como "Navas", en el País Vasco. En todos el gesto indicaba, además de tristeza, desolación. Unos pertenecían a la Guarnición de Vitoria, pero la mayor parte eran integrantes de las comisiones militares nombradas del resto de las provincias de aquella Región Militar.
En voz baja, pero con firmeza, todos me hacían ver el estado de abandono y de indefensión en que se encontraban y culpaban a los mandos militares, por no presionar a la clase política, de la situación a que se había llegado. De pronto escuché ¡Navas!, y un militar de uniforme se me acercó y me abrazó fuertemente.
Al momento lo reconocí: se trataba de “Benito”, mi primer colaborador cuando llegué al País Vasco donde él ya se encontraba con anterioridad realizando algunas misiones de las que me habían sido encomendadas. Vasco-navarro de familia y nacimiento; su hermano, perfecto conocedor del euskera de la montaña Navarra, me había prestado valiosas colaboraciones.
Me interesaba conocer de primera mano, y de fuente para mí tan autorizada, cual era la situación en aquella querida región de España en la que yo había quemado, hacía ya bastante tiempo, unos cuantos años de mi vida. Así que, tomándole del brazo, me aparté con él a un lugar discreto en el que poder charlar sin interrupciones.
El panorama que me describió no me resultaba nuevo pues desde hacía tiempo lo intuía con toda claridad, pero no dejó de impresionarme uno de sus párrafos que más o menos decía:
“...lo más grave no es el creciente número de atentados, lo que muestra la incapacidad del Estado para mantener la ley y el orden en esta Región. Lo más grave es que las medidas aplicadas por le partido en el poder (UCD) han supuesto un intencionado balón de oxígeno y una inyección de vitalidad para el decadente PNV, que apoya la situación en que nos encontramos; y en cambio una penalización, un castigo increíble, para los que nos sentimos vasco-españoles, y que hasta hace poco éramos mayoría”.
 
A las 4:30 de la tarde se iba a celebrar la última misa “corpore in sepulto” en la misma sala donde estaba la capilla ardiente. Cuando entramos en ella se encontraba ya casi llena. Mi amigo “Benito” me señaló, cerca de donde estábamos, dos militares que cuchicheaban entre ellos y me indicó que se trataba del recién incorporado Capitán General de la Región, Teniente General Álvarez Rodríguez, y del Gobernador Militar de Navarra, General de División Álvaro Lacalle, hasta entonces Capitán General accidental, quien posiblemente le informaba de la situación.
Me mostró luego a los políticos asistentes y, curiosamente no había ninguno del PNV. Del resto de los paisanos me señaló a un grupo compuesto por funcionarios de la Diputación y por parientes y amigos.
Los militares y los Miñones de uniforme llenaban la sala y pronto, a lo largo de la misa, se comenzó a notar entre ellos conversaciones y ciertos movimientos de inquietud. Acabada la misa me enteré de lo sucedido.
Los políticos habían decidido que el féretro fuese trasladado al cementerio en el furgón fúnebre. Sus compañeros de Armas y sus subordinados, los Miñones, no estuvieron de acuerdo y se habían comprometido a llevarlo a hombros hasta el cementerio de Santa Isabel, distante un kilómetro y medio aproximadamente.Sobre las cinco de la tarde, bajo una fuerte aguanieve y con un frío que penetraba hasta los huesos, se puso en marcha la comitiva. El féretro era portado por sus compañeros de promoción y por sus subordinados los Miñones, que se turnaban.
 Detrás iban los familiares, las autoridades civiles y militares, encabezadas por el Ministro de Defensa que había llegado en helicóptero pocos minutos antes,  y por el Capitán General, seguidos por numerosos oficiales y suboficiales del Ejército, funcionarios de la Diputación y amigos.
Evidentemente, el pueblo de Vitoria no acompañaba en aquella ocasión a su ilustre hijo que tantos favores había hecho. ¿Temor?. ¿Ingratitud?...
Las calles aparecían desiertas. Las ventanas de las casas cerradas, y muchas con las persianas echadas. En algunas se apreciaban tras los visillos vergonzantes miradas de curiosidad. Todo era triste penumbra y silencio.
En el cementerio, tras un breve responso se da tierra al cadáver. Todo parecía haber terminado, pero no era así: de pronto Ana María Vidal Abarca, su viuda, se encaramó al túmulo y con voz tonante y llena de emoción, gritó: ¡Viva España!.
Aquel grito desgarrado, de despedida y de esperanza, originó diversas reacciones. Unos, contagiados por el fervor contestaron con toda la fuerza de sus pulmones. Otros, concretamente las autoridades, como si hubieran oído la voz de ¡Rompan filas! se apresuraron, casi a la carrera, a abandonar el recinto.
 Fuera de éste parece que se produjeron incidentes – que yo no presencié – al increpar al Ministro y golpear su coche grupos de asistentes.
Me acerqué a la viuda –a la que profesaba, y profeso, profunda admiración y cariño– y la abracé con fuerza sin ser capaz de darle ánimos. De nuevo la pesadumbre invadió mi espíritu, y no sólo por la muerte de mi amigo, sino porque el abandono por parte de su pueblo, la indiferencia general y la ausencia de los responsables políticos del partido que se decía representante de todos los vascos, en su despedida final, me hacía pensar que con él había muerto un trozo entrañable de España.
A mi regreso a Sevilla conté al General Urrutia todo lo que había presenciado y volví a mi trabajo con más ímpetu, tratando de evitar –quizá en una huída adelante– que éste se viera perturbado por tan tristes vivencias, sin embargo dentro de mí un confuso sentimiento me hacía presentir que las desventuras no habían hecho más que comenzar.
 
Luis García Mauriño
Coronel de Artillería DEM




Javier Brenes Sanz-Orrio hace un comentario a la entrada que pongo aquí por su interés y tener documento gráfico.
Chevi Sr.
 

"Te adjunto fotografías del Acto que se desarrolló en el antiguo Cuartel de Abechuco (Vitoria) cuando se le puso el nombre de la Plaza de Armas del mismo al Comandante Velasco.
El Acto fue organizado por el Grupo Ligero de Caballería VI, mandado por el entonces Comandante Juan Botana Martinez de la Laguna , y presidido por el General Antonio Berdugo Acuña , Gobernador Militar de Álava y Jefe de la Brigada DOT VI en esos días.
Se puede apreciar en la fotografías la mujer del Comandante Velasco, Ana María Vidal Abarca y a sus hijas."
 

Javier Brenes Sanz-Orrio

10 comentarios:

José Antonio dijo...

Con doloroso sentimiento, he seguido el magistral relato del Coronel García Mauriño, sobre el entierro del heroico Comandante Velasco Zuazola. Con ello, he visto confirmados mis presentimientos y evidencias sobre las miserias de quienes ostentaban cargos públicos institucionales orgánicos desde el comienzo de la denominada “transición democrática”, y también he visto confirmada mi impresión sobre el terror al que se hallaba sometida, indefensa, la población pacífica de aquellas y de muchas otras provincias españolas.

Por entonces, yo mismo había de enfrentarme a estados emocionales de desánimo y frustración como los que asediaban al Coronel García Mauriño, pues creía yo estar seguro de que España había sido entregada traidoramente al peor enemigo, al enemigo imperialista globalizador que llevaba ya dos siglos causando a los españoles los cruentos desastres que los calamitosos historiadores que prosperan achacan a incapacidad propia, característica, de los mismos españoles. Ya por entonces, creía yo estar seguro de que el terrorismo en España había sido creado y era administrado por órganos gubernamentales de Francia y de Inglaterra y de EE UU, y también de que nuestro gobernantes y sus múltiples opositores eran simples marionetas de esos mismos órganos gubernamentales extranjeros.

Pero el tiempo ha pasado, los españoles hemos continuado sufriendo desánimos y frustraciones y, es más, considero que habremos de seguir sufriéndolos de por vida, pero… Pero lo que en su momento me parecían páginas tristes y estériles de la Historia de España, ahora me parecen páginas necesariamente gloriosas y fundamentales de esa nuestra historia y para el futuro honrosamente grandioso de España. Lo verdaderamente triste habría sido que, para asegurarse una prolongación incierta de sus vidas, nuestro héroes hubieran sido ruines traidores.

Lo demás, para bien o para mal cada quien lo recibiremos conforme a nuestros particulares merecimientos, ante el Tribunal de Dios.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

Jose V. Ruiz De Eguílaz y Mondría dijo...

Efectivamente, las desventuras no habían hecho más que comenzar.
Mi tristeza y rabia contenida no la podría expresar mejor que G.J. Chamorro.

Francisco Ángel Cañete Páez dijo...

Querido Luis, Mi Coronel: Con una profunda tristeza he vuelto a releer esta parte de tus "MEMORIAS" inéditas, en la que relatas , como testigo presencial, en esa fría ( fría no solo por el tiempo, sino por el dolor que se dejaba intuir en el semblante de los asistentes) mañana de enero de 1980, en Vitoria, el sepelio del Comandante de Caballería, vilmente asesinado por ETA: Jesús Velasco Zuazola. Y este relato tan lleno de rigor, me induce nuevamente a pedirte por favor, que publiques en vida tus Memorias. Son trozos fidedignos querido Luis, en el que narras, con una bella prosa literaria, los avatares de esta Patria nuestra, a la que con tanto honor y dignidad serviste desde tu salida de la Academia de Segovia en Diciembre de 1953. Tienes que publicarlas mi Coronel. En el entretanto, te deseo lo mejor para estas Fiestas de Navidad y Año Nuevo, y que , siendo Dios servido, podamos seguir reuniéndonos en nuestro ya tradicional almuerzo sabatino. Quedo a tus órdenes con un fuerte abrazo.

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

¡Qué tremenda repugnancia debe sentir nuestro Comandante Velasco con la alta traición del Gobierno a España, con la masiva excarcelación de asesinos etarras!

Javier de la Uz dijo...

Con todos mis respetos, yo también ¡puedo sentir la misma tremenda repugnancia!

Paula Baena Velasco dijo...

Estimado José Antonio,
Soy nieta de Jesús Velasco y quería decirte que me han conmovido mucho tus palabras. Los asesinos no me dejaron conocer a mi abuelo pero reconforta leer de gente como tú que le quiso y admiro.
Paula Baena Velasco

José Antonio dijo...

Paula, ¡Mi querida Paula! Tengo la misma edad que tu querido, leal español y modélico militar, abuelo Jesús. Creo que puedo hablar en representación de todos los patrióticos y voluntariosos poetas que, de manera altruista y cueste lo que cueste, nos reunimos en este entusiasta blog que pretendemos contribuya a defender todos los principios fundamentales que, resumidos en el lema ¡Por Dios y por España!, alentaron la vida entera de tu abuelo Jesús y que, por lo que estáis demostrando, también los tenéis asumidos plenamente sus dignísimos familiares. Con cuya conducta tan meritoria y ejemplar, conseguís mantener presencialmente en vida a “vuestro Jesús”, tanto entre vosotros dolientes familiares, como entre sus firmes y eternos compañeros y toda otra persona de bien. Con la cabeza muy alta, podéis ir por la vida todos vosotros; nadie os ha regalado nada; la vuestra –como muchas otras familias españolas– ha pagado el más alto precio para que todos los españoles podamos vivir orgullosos de serlo y cuando lleguemos a presencia de Dios no tener que avergonzarnos de indignidad como pueblo.

¡Nuestra querida Paula! Con tu cariñosa presencia aquí, nos has hecho revivir nuestros inolvidables recuerdos de antaño con tu abuelo Jesús, y nos confirmas que España tiene asegurada su defensa, con la magnífica juventud española que tú tan dignamente representas. Vaya para ti y para todos tus familiares –en primer lugar para tu querida abuela Ana María– el más entrañable testimonio de cariñoso afecto de estos poetas, que quisiéramos poder valer tanto como demostró valer tu abuelo.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

Paula Baena Velasco dijo...

De nuevo me han vuelto a emocionar tus palabras. Muchísimas gracias por tu cariño.

Miguel Gandarillas, Capitan de Caballeria dijo...

Jesús y yo coincidimos de Tenientes fue un gran amigo y compañero. Aunque deje el Ejército para ordenarme sacerdote continuamos siendo muy buenos amigos. Fue Ana la que me llamo a Burgos donde estaba ejerciendo mi sacerdocio, y tuve el honor de poder celebrar la Misa en la Diputación juntó a Gonzalo Vera Fajardo, hermano de Melico. Fue un acto emocionante en el que recuerdo perfectamente la fortaleza de Ana, y el cariño de la multitud allí presente.

Anónimo dijo...

La misma repugnancia de aquellos que tras un golpe de estado y 40 y tantos años de dictadura, torturas y asesinatos todavía siguen en las cunetas sin voluntad de ser enterrados como vuestro " Dios" manda