ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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24/11/12

Brindis de Menéndez Pelayo

 
Os mando este curioso brindis por lo que de exaltación patriótica tiene. Teniendo en cuenta que fue improvisado demuestra cómo de arraigado estaba entonces el orgullo de ser y sentirse español y católico. De vez en cuando sacar a la luz cosas así nos viene bien para darnos cuenta de la pérdida de cultura y estilo que padecemos las actuales generaciones, ya que vivimos inmersos en el desprecio al pasado y a nuestra historia (una historia incomparable, por cierto) con que la sociedad actual adoctrina, o trata de hacerlo, a diario, porque con algunos no lo consigue, gracias a Dios.

Fuente: Manuel Morillo en 
 www.tradiciondigital.es



Espero que os guste.
Brindis de Marcelino Menéndez Pelayo en honor de Calderón y los principios que representa, en su centenario.
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Brindis pronunciado por don Marcelino Menéndez Pelayo el 30 de mayo de 1881 en la Fonda Persa del Parque del Retiro de Madrid. Marcelino no había aún cumplido los 25 años y era ya catedrático de Historia Crítica de la Literatura.
 
«Yo no pensaba hablar; pero las alusiones que me han dirigido los señores que han hablado antes me obligan a tomar la palabra. Brindo por lo que nadie ha brindado hasta ahora: por las grandes ideas que fueron alma e inspiración de los poemas calderonianos.
 
En primer lugar, por la fe católica, apostólica, romana, que en siete siglos de lucha nos hizo reconquistar el patrio suelo, y que en los albores del Renacimiento abrió a los castellanos las vírgenes selvas de América, y a los portugueses los fabulosos santuarios de la India. Por la fe católica, que es el substratum, la esencia y lo más grande y lo más hermoso de nuestra teología, de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro arte. 
Brindo, en segundo lugar, por la antigua y tradicional monarquía española, cristiana en la esencia y democrática en la forma, que durante todo el siglo XVI vivió de un modo cenobítico y austero; y brindo por la casa de Austria, que con ser de origen extranjero y tener intereses y tendencias contrarios a los nuestros, se convirtió en portaestandarte de la Iglesia, en gonfaloniera de la Santa Sede durante toda aquella centuria. 
Brindo por la nación española, amazona de la raza latina, de la cual fue escudo y valladar firmísimo contra la barbarie germánica y el espíritu de disgregación y de herejía que separó de nosotros a las razas septentrionales. 
Brindo por el municipio español, hijo glorioso del municipio romano y expresión de la verdadera y legítima y sacrosanta libertad española, que Calderón sublimó hasta las alturas del arte en El alcalde de Zalamea, y que Alejandro Herculano ha inmortalizado en la historia.
En suma, brindo por todas las ideas, por todos los sentimientos que Calderón ha traído al arte; sentimientos e ideas que son los nuestros,  vanagloriamos nosotros, los que sentimos y pensamos como él, los únicos que con razón, y justicia, y derecho, podemos enaltecer su memoria, la memoria del poeta español y católico por excelencia; el poeta de todas las intolerancias e intransigencias católicas; el poeta teólogo; el poeta inquisitorial, a quien nosotros aplaudimos, y festejamos, y bendecimos, y a quien de ninguna suerte pueden contar por suyo los partidos más o menos liberales, que en nombre de la unidad centralista, a la francesa, han ahogado y destruido la antigua libertad municipal y foral de la Península, asesinada primero por la Casa de Borbón y luego por los gobiernos revolucionarios de este siglo. 
Y digo y declaro firmemente que no me adhiero al centenario en lo que tiene de fiesta semipagana, informada por principios que aborrezco y que poco habían de agradar a tan cristiano poeta como Calderón, si levantase la cabeza. 
Y ya que me he levantado, y que no es ocasión de traer a esta reunión fraternal nuestros rencores y divisiones de fuera, brindo por los catedráticos lusitanos que han venido a honrar con su presencia esta fiesta, y a quienes miro y debemos mirar todos como hermanos, por lo mismo que hablan una lengua española, y que pertenecen a la raza española; y no digo ibérica, porque estos vocablos de iberismo y de unidad ibérica tienen no sé qué mal sabor progresista. (Murmullos.) Sí: española, lo repito, que españoles llamó siempre a los portugueses Camoens, y aún en nuestros días Almeida-Garret, en las notas de su poema Camoens, afirmó que españoles somos y que de españoles nos debemos preciar todos los que habitamos en la península ibérica. 
Y brindo, en suma, por todos los catedráticos aquí presentes, representantes de las diversas naciones latinas que, como arroyos, han venido a mezclarse en el grande océano de nuestra gente romana».
Ricardo Pardo Zancada

1 comentario:

José Antonio dijo...

Don Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). Podríamos decir de él que fue un español vitalmente ensoñador que no pudo llegar a conocer personalmente la España de sus ensueños. Desde su infancia, fue conociendo la catastrófica realidad de aquella España que llevaba dos siglos y medio (desde el fallecimiento de Felipe II) sin el amparo de un verdadero estadista gobernante. Sus contemporáneos hacedores de la vida pública, carecían de capacidad personal para sostenerse en sus puestos representativos y por esto habían de entregarse ellos incondicionalmente al manejo de la masonería que trabajaba de modo subterráneo para el imperialismo globalizador; así, Don Marcelino vio desfilar el llamado Sexenio Democrático, sobrevenido tras la revolución (la Gloriosa) que hizo caer a la Reina Isabel II –un sexenio en el que no hubo forma de crimen ni de traición a la patria española que no fuesen cometidos por aquellos marionetas de la masonería–, luego vería desfilar él la azarosa Restauración monárquica, en la que participaban los mismos o similares protagonistas del sexenio; y, para remate, aún presenciaría el Desastre de 98. Pero el alma de Marcelino, al igual que las de una gran parte del pueblo español, ensoñaba aquellos pasados tiempos históricos en los que el pueblo español, motivado por su fe católica y por su amor a la patria, regía el mundo y lo dignificaba espiritual y culturalmente. De ahí, que él pronunciara ese su brindis que comentamos.

Nadie en su época, ni siquiera la superdotada mente de Marcelino, podía imaginarse la España de verdad que entre 1936 y 1975 llegaría ser una realidad, resurgiendo de sus propias cenizas. Aunque quizá las certeras lecciones de él informaran muchas de las mentes de quienes participaron en la gran epopeya del régimen nacional triunfante entre los citados años y presidido por Francisco Franco.

Quiero creer que al erudito Marcelino le hubiese gustado ese lenguaje que tantas veces empleamos los poetas de Cajón de Sastre en defensa de la España ensoñada por él, ese lenguaje que decimos de trinchera y que él habría calificado de fogoso y torrencial alternando con seco y acerado. Es lástima que Marcelino fuese tan profuso escritor, tan fructífero que no hay manera de poder abarcar su aleccionadora inmensa obra. Y puede que debido a ello los de la memoria histórica no se atrevan a borrar su nombre de las calles que se honran con él, pensando que era franquista desde antes de nacer Franco.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción AGM