ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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8/6/12

Martín Álvarez

Mi amigo Luis Pérez Pujol me habla de Martín Álvarez, y si en este Blog hay algo que nos gusta, es recordar con toda la admiración y respeto que merecen, a todos aquellos que murieron para que hoy  nosotros disfrutemos de este bienestar, en lo material, que ellos no podrían ni imaginar. Siempre que leo una hazaña como esta, de las que nuestra historia está llena, me pregunto con rubor ¿quién soy yo? 

El sable y el granadero
Hoy toca vieja batallita. Con ésta, además, saldo una deuda. O lo intento. Iba en tren cuando un joven me abordó con mucha educación. Traía en la mano un objeto largo y estrecho en una funda de paño. Soy teniente de Infantería de Marina, dijo, y voy a incorporarme a un destino. También soy lector suyo desde que empecé a leer. Por eso, como éste es mi sable de oficial, quiero que lo tenga usted. Pasado mi estupor, y tras la natural resistencia a permitir que se desprendiera del sable, insistió y no hubo otra. Bajé del tren con su regalo bajo el brazo, que ahora está en mi casa, en compañía de dos docenas de sables y espadas vinculados a la historia de España de los cuatro últimos siglos. Agradecido, envié al joven un libro también un par de veces centenario, y con el acuse de recibo llegó una petición: que dedicase un artículo al granadero Martín Álvarez, infante de Marina español en el combate naval de San Vicente. Y aquí me tienen. Cumpliendo con el sable.

El 14 de febrero de 1797, una escuadra española mandada por un cobarde incompetente, el almirante Córdoba, fue derrotada por otra inglesa cerca del cabo San Vicente. A los ingleses los mandaba el almirante Jervis, que tenía menos barcos pero tripulaciones mejor adiestradas y con más ganas de pelea. Además, la escuadra española estaba mal dispuesta, mientras que los británicos conservaban la línea. De manera que nos dieron las suyas y las del pulpo. Sólo siete navíos españoles entraron en combate, y perdimos cuatro. Dos de ellos, el San José y el San Nicolás, tomados al abordaje por el Captain, con el comodoro Nelson dirigiendo el ataque. El resto de barcos españoles se dio a la fuga sin socorrer a los compañeros apresados; y si no perdimos también al Santísima Trinidad, que con Córdoba a bordo arrió bandera, fue porque el brigadier Cayetano Valdés, un duro e inteligente marino que ocho años más tarde se batiría con mucha decencia en Trafalgar, fue al rescate con su navío Pelayo, y dijo al Trinidad que o izaba la bandera de nuevo y seguía combatiendo, o lo cañoneaba.

Cayetano Valdés no fue el único español decente ese día. Y como no son precisamente los ingleses quienes mejor hablan en sus memorias de los sucios spaniards -que pasan las batallas tocando la guitarra y oliendo a ajo-, tiene aún más valor que los datos que siguen provengan de la relación de un marino llamado sir John Butler. Durante el abordaje británico del San Nicolás, el comandante don Tomás Geraldino sitúa en la toldilla, donde ondea la bandera, a un infante de marina con orden de que nadie la arríe y rinda el navío. La misión ha recaído sobre un granadero extremeño de 31 años que se llama Martín Álvarez Galán. Y a esas alturas del combate, con el navío inundado de ingleses, el comandante muerto y los oficiales rindiéndose, el granadero sigue en su puesto, sable en mano, defendiendo las drizas de la enseña porque nadie le ha dicho que se quite de ahí. Así que cuando el trozo de abordaje inglés llega a la toldilla, y el sargento mayor de marines William Morris pretende arriar la bandera, Martín Álvarez, que anda flojo de idiomas para explicarse hablando -ni siquiera sabe leer ni escribir-, le pega un sablazo al tal Morris que lo clava en un mamparo, con tal fuerza que no logra liberar el sable; así que agarra un fusil como maza, mata a golpes a un segundo oficial inglés y deja heridos a otros dos rubios antes de que lo frían a tiros. Y es ahí donde el comodoro Nelson, que ha presenciado la escena -siempre odió a los franceses, pero respetó a los españoles cuando eran caballerosos o valientes-, se porta como un hidalgo: cuando están recogiendo a los muertos para arrojarlos al mar con una bala de cañón como lastre, ordena que a Martín Álvarez lo envuelvan en la bandera que con tanto valor defendió. Y surge la sorpresa: el granadero no está muerto, sino malherido. Y lo evacuan a un hospital portugués, donde salva la vida.

Martín Álvarez volvió al mar y murió cuatro años después, tras un accidente que degeneró en tuberculosis. Se ahorró, quizás, repetir su hazaña en Trafalgar. Pero tuvo la satisfacción de ser ascendido a cabo y premiado con una pensión vitalicia de cuatro escudos mensuales. Lo que nunca supo es que, por decreto real, siempre habría un buque en la Armada española que llevaría su nombre, ni que en Gibraltar quedaría un cañón con la placa: «Hurra por el Captain, hurra por el San Nicolás, hurra por Martín Álvarez». Tampoco supo que en el Museo Naval de Londres se conservaría hasta hoy, con veneración y respeto, el sable con el que, bajo la bandera del navío vencido pero no rendido, un humilde infante de marina español clavó en un mamparo al sargento mayor William Morris.
Arturo Pérez Reverte


José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería

2 comentarios:

José Antonio dijo...

En aquellos finales del siglo XVIII, las batallas regladas entre caballeros estaban a punto de empezar a desaparecer entre los europeos, por culpa del zafio nuevo estilo de moralidad impuesto por las soflamas ideológicas preparatorias de la antifrancesa Revolución Francesa. Es cierto que la Humanidad no puede estar orgullosa de muchos de los procedimientos de interrelación entre sus integrantes; uno de tales procedimientos, la violencia física decisoria de conflictos irresolubles por otro sistema más ético, la guerra, desde siempre ha conllevado esas situaciones de extrema agresividad destructiva entre individuos, como lo fue la lid sostenida a sablazos, tiros y golpes por aquel pundonoroso Martín Álvarez y los asaltantes ingleses. Cada uno de ellos se atenía a su deber patrio, y lo cumplía cualesquiera que fuesen los riesgos posibles; en ello iban el honor nacional y el personal; pero, desde que la dirección de la guerra entre pueblos civilizados había sido encomendada a caballeros, siglos antes, la extrema violencia personal tenía un límite moral, sobre todo tras producirse el final del combate.

No podrá extrañar entonces, el que aquella reñida pelea en el navío San Nicolás haya pasado a la Historia y pueda ser presentada como ejemplar por ambas partes. El soldado no declara la guerra, obedece a los responsables de la sociedad nacional a la que pertenece y que, en su momento, promueven o han de hacer frente a la situación de guerra. Dentro de una mentalidad moral bien encauzada, el soldado ni siquiera se considerará enemigo de los soldados adversarios con los que se bate a vida o muerte. Para la mentalidad española tradicional, ese entendimiento de la guerra viene siendo acatado y cumplido con toda fidelidad. Por ello, se da el caso de que podamos encontrarnos constantemente en los ejércitos españoles con fotocopias vivientes de aquel Martín Álvarez. Quien lo quiera comprobar por sí mismo, que entre en cualquiera de nuestros cuarteles o vaya a Afganistán o cualquier otro lugar en que haya soldados españoles en misión específica.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

Ángel González dijo...

¿Cuantas gestas como ésta permanecen en el olvido o en el recuerdo de sólo unos pocos?
Es lamentable pero no nos ayudan a sentirnos orgullosos de nuestra patria.
¿qué hacen falta Spilbergs que hagan películas o que Reverte escriba 4000 libros más?
Todo esto me deprime porque no nos merecemos como somos ni como son nuestros políticos, a quienes considero culpables de ésta situación. Y no me refiero exclusivamente a los de ahora sino a los de siempre.