ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
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24/4/12

“El CERRO DE LOS HÉROES”

 

 

Se reedita el libro que más detalladamente explica la gesta de la defensa de la Guardia Civil del Santuario de la Cabeza: “El CERRO DE LOS HÉROES” de Julio Urrutia (Librería Hispania Ediciones)


Si hubo dos defensas en las que la Guardia Civil jugó un papel clave durante la guerra civil española estos son los del Alcázar de Toledo y el del Santuario de Santa María de la Cabeza en Jaén. La defensa de este santuario se convirtió en un símbolo del cuerpo, y uno de los dos argumentos que hizo ceder a Franco de su idea preliminar de eliminar la Guardia Civil. Ahora, Librería Ediciones Hispana, reedita la obra que más detalladamente explica el heroico asedio del que fueron protagonistas muchos guardias civiles y sus familias en esas horas aciagas.



El verano de 1936 está en pleno apogeo en España. El calor insoportable y asfixiante de esa época es un reflejo climático de la situación gravísima e insufrible por la que atraviesa la nación.
La II República con su sectarismo feroz que la incapacita para la convivencia respetuosa ha resultado un fracaso. Además desde la Revolución de Asturias, la izquierda española ha enseñado su faz totalitaria que aterra a todo el que no comulga con ella.
Desde entonces los desmanes, crímenes, alteraciones del orden de todo tipo se han multiplicado por doquier. Las Elecciones otorgan sin legitimidad alguna, el poder a un explosivo conglomerado de izquierdas, conocido como Frente Popular. “Los triunfantes” se preparan para el asalto definitivo y totalitario del poder a imagen de lo ocurrido años antes en Rusia. La ley y el orden público ya no existen. Quien no piense como ellos sobra y va a ser eliminado. La familia, la propiedad, la religión… valores a extinguir, son atacados ferozmente esperando el zarpazo final que los destruya.
Ante este panorama y como señala un famoso parlamentario, “Media España no se resigna a morir” y agobiada busca quitarse de encima el yugo totalitario que la va atenazando con mayor fuerza por momentos.
El asesinato político e impune de uno de los representantes más egregios de esa España perseguida –Calvo Sotelo- por la propia fuerza pública, en una camioneta de la Guardia de Asalto, es el detonante para que gran parte de España salte en defensa propia a través de lo que se conocerá como Alzamiento Nacional, cuya punta de lanza la representa una parte del Ejército, la otra y muy significativa, pese a los tópicos, está con la República.

Ja
én en los primeros meses de la guerra
En este marco se encuentra Jaén, provincia andaluza agrícola, en donde los ideales marxistas han calado en sectores importantes de la población. En ella la única fuerza militar y de orden de importancia que existe es la Guardia Civil, unos seiscientos hombres distribuidos por toda la provincia.
Al igual que ocurre en otras partes de España la inmensa mayoría de estas fuerzas es favorable al Alzamiento, pero sus tres jefes, por distintos motivos dudan qué hacer o simplemente aceptan “la legalidad” para no tener mayores problemas.
Pronto la revolución llega a Jaén con su secuencia de detenciones políticas y asesinatos en masa –el tren de la muerte- de personas cuyo delito es el de ser católicos, comprar un periódico conservador, simpatizar con algún partido que no sea de izquierdas… Arden las iglesias, la Catedral se convierte en una gigantesca cárcel donde se hacinan centenares de presos políticos y la Guardia Civil acantonada toda en la capital, continúa neutralizada por la inacción de sus mandos superiores.
Para romper esa pasividad suicida un grupo de jóvenes oficiales se juramenta para que la mayor parte de esta fuerza militar vaya a los frentes y pase a zona nacional; el resto se instalará en un lugar seguro con el fin acordado por dichos oficiales, de proteger a los familiares de todos los guardias, con la seguridad de que el conflicto terminará de forma rápida.
El capitán Reparaz, inteligente, astuto y decidido, ha logrado incrustarse, a modo de Pimpinela Escarlata, en el Estado Mayor de Miaja, consiguiendo un lugar bien resguardado, refugio de los que se queden. Y el resto, como se ha convenido, se sumará en masa a las tropas nacionales.

Del Alzamiento al asedio
El lugar elegido se encuentra en el corazón de Sierra Morena. Engloba, el Santuario de la Virgen de la Cabeza, sus alrededores y Lugar Nuevo, donde esperarán la pronta solución del conflicto.
Esta coyuntura se tolera con fuerte reticencia por el mando republicano, que encolerizado al saber que en los frentes de guerra los guardias se han sumado a la zona nacional, quiere eliminar a toda costa aquel foco “enemigo” enclavado en su retaguardia.
Ante esta situación, agravada por la conducta del comandante Nofuentes, que ha optado por entregar el campamento a la autoridad roja, el capitán Cortés finalmente se alza en el Santuario, comenzando el sitio del mismo. Es septiembre del 36.

El cerro de los héroes
A su mando figuran doscientos cincuenta guardias y unas decenas de paisanos que se han refugiado para no ser asesinados. A este contingente hay que añadir más de mil familiares, mujeres ancianos y niños, de todos los guardias, y a los que en su momento los jóvenes oficiales prometieron defender a toda costa. Las armas con las que cuentan: básicamente, los fusiles y pistolas reglamentarios de los guardias y algunos rifles y escopetas de caza. 
Antes de la llegada al Santuario, los frailes trinitarios que lo regentaban han sido obligados a abandonarlo, asesinando a unos y encarcelando a otros. El complejo ha sido saqueado, pero la imagen de la Virgen de la Cabeza es respetada.
No obstante, los sitiados contarán en todo momento con la ayuda espiritual de seis sacerdotes, que huyendo de una muerte segura han sido protegidos por los guardias. Entre ellos se encuentra el Rector del Seminario de Jaén.
Comienza así uno de los asedios más duros que ha conocido la historia de España en todos los tiempos y que finalizará, nueve meses más tarde, el 1 de mayo de 1937.
Los sitiados soportarán en grado superlativo el hambre y la falta de cualquier medio básico, las inclemencias del tiempo las padecerán sin ropa y refugios apropiados, los bombardeos aéreos y terrestres serán continuos… El sufrimiento es inenarrable y en muchas ocasiones se vive casi por encima de lo humano.
Asombra la valentía de los guardias a la hora de enfrentarse con sus fusiles a las fuerzas que les rodean, en muchos momentos cerca de diez mil efectivos, fuertemente armados y apoyados con artillería de todo tipo, tanques y aviación. Las escenas de heroísmo serán la nota constante llegando en algunos momentos a límites insospechados.
Emociona, como los intentos de chantaje para que se rindan llevando al lugar a madres, amigos y familiares de los sitiados son rechazados por éstos últimos, emulando a Guzmán El Bueno y estando a la altura de la conducta de Moscardó en el Alcázar de Toledo.
El aislamiento sólo se romperá por el aire cuando la incipiente aviación nacional les lance, cuando les resulta posible, víveres que les permitan al menos, no morir por inanición. En este apartado hay que señalar al valentísimo Capitán Haya, que se jugará muchas veces la vida para intentar socorrer a los sitiados del Santuario; y también al equipo de voluntarios que a las órdenes del Doctor “Astra”, preparan los envíos, esmerándose, para que en la caída lleguen en las mejores condiciones.
En el Santuario apenas cuentan con personal sanitario: tres guardias practicantes y José Liébana, jovencísimo y médico, (aunque él duda si lo es, pues le falta por conocer la nota de una de las asignaturas del último curso de carrera). Liébana, con una precariedad de medios absoluta, supliendo tanta carencia con valerosa decisión a la hora de ejercer de manera plena su profesión, sin apenas instrumental, medicamentos y material sanitario, se multiplica por todo el campamento con arrojo casi temerario, curará heridas, extraerá balas y metralla, amputará miembros, tratará mil enfermedades, consolará, acompañará…e incluso ayudará a venir al mundo a veintidós bebes.
Los asediados, galvanizados con recia fe en torno la Virgen de la Cabeza, conformarán un grupo de héroes que a las órdenes de un titán que los catalizará a la perfección – el glorioso Cortés- compendio de virtudes humanas y militares, darán una lección de honor, dignidad, valor, espíritu de sacrificio…que debe ser escrita con letras de oro en el libro de la Historia, para su estudio y admiración.

El autor: Julio de Urrutia
Julio de Urrutia, escritor y periodista ya fallecido, en “El cerro de los héroes” va a captar y plasmar lo allí acontecido, en la mejor y más completa obra que se ha escrito sobre la gesta del Santuario.
En mayo de 1937, el autor, que combatía como alférez provisional en la contienda civil, es hecho prisionero y trasladado al Penal de San Miguel de los Reyes de Valencia. Allí conocerá a los supervivientes del asedio, trabando una gran amistad con todos ellos. Los relatos que le cuentan, las largas charlas sobre el tema que mantiene con los sitiados durante el largo cautiverio –casi dos años- que compartirán, servirán para que Urrutia, admirado por lo que le cuentan, inicie años después un estudio exhaustivo, que durara más de dos décadas, de infatigable y minuciosa investigación de aquella monumental proeza.

                                                                          
                                                                                              Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda

2 comentarios:

Javier de la Uz dijo...

Hace unos años, tuve la fortuna de ir con mi mujer e hijas a visitar el Santuario de Santa María de la Cabeza en Andújar (Jaén). Sentí una gran emoción viendo los todavía recuerdos del Asedio que allí quedan y que los “memoriones histéricos” aún no han quitado. Durante la visita pude explicar a mis hijas lo que había pasado durante el Sitio y ciertamente que se quedaron impresionadas de poder estar en él.

José Antonio dijo...

Muy oportuno este recordatorio de una gesta humana que tan sólo en su justa medida puede serles valorada y recompensada por Dios, a sus heroicos protagonistas; muy oportuno, porque el ya inmediato venidero día 1 de mayo, a las cinco de la tarde, se cumplirá el 75 aniversario del momento en el que, un batallón y las 16 y 91 brigadas del ejército rojo (12.000 efectivos), dotados con 12 carros de combate, 40 piezas de artillería, lanzaminas y morteros, y tras resultar mortalmente herido el jefe de la defensa, Capitán de la Guardia Civil, Santiago Cortés González, lograron vencer la irreductible defensa que realizaban, tras 256 días de asedio, los 30 combatientes ilesos que, aunque depauperados físicamente, estaban moralmente agigantados por el sentimiento del deber patrio y el de protección de las 642 personas no combatientes que semienterradas entre ruinas u oquedades del terreno tenían ellos bajo su único amparo. Otras 65 personas no combatientes yacían en el improvisado cementario.

Pero bastó una voz desgarradora ¡han herido al Capitán, le han matado!, que corriendo de garganta en garganta por todo el cerro, lograse lo que no había podido lograr todo el diluvio de hierro y fuego que se abatía sobre los defensores, que lograse que los fusiles de aquellos 30 héroes y algunas docenas de fusiles más, voluntariosamente empuñados por menores de 18 años que ocupaban el hueco en la defensa que habían dejado sus padres al morir o quedar inutilizados por graves heridas, y hasta por algunas viudas sin hijos que no soportaban ver el hueco en la defensa que había correspondido a sus fallecidos maridos, que lograse (aquella voz) que esos fusiles quedasen enmudecidos, anegados por el llanto de quienes momentos antes eran baluartes invencibles. Supongo que Dios debió decirles, ¡Más no se os puede pedir! ¡Descansad ya, con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido! ¡Pase lo que pase, soy vuestro Padre y ahora os protejo Yo! Y lloraban lo que no habían podido llorar durante 256 días, por aquella inhumana injusticia que se les hacía.

Hacia el año 1954, conocí y tuve amistad con dos hijos del guardia civil, Manuel Cerón Galdón, que con su madre y su padre formaron parte de aquel grupo de héroes, y ellos fueron quienes en alguna ocasión me contaron algo de lo que había sido el día a día de aquella epopeya.

Pero en nuestra mano está el valorar y recompensar personalmente a aquellos héroes; tal como ya lo hizo Gran Jefe Javier de la Uz, al llevar a su esposa e hijas a conocer el sagrado escenario del cerro del Santuario de Nuestra Señora, la Virgen de la Cabeza. O enviarles nuestro homenaje de sentimiento de gratitud Allá en donde ahora estén.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M