ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
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9/4/12

CAMPAÑAS DE MARRUECOS (IV)


 Campaña de 1909 (Desarrollo)

Tras los antecedentes expuestos en el capítulo III (22-03-2012), podemos entrar directamente en el desarrollo bélico de esta Campaña. Ella tuvo dos fases bien definidas; una fase de preponderancia bélica (de 09-07 a 27-11) para el desbaratamiento de la harka y la ocupación, primero de posiciones defensivas de la plaza de Melilla y del ferrocarril minero, y después de bases permanentes alejadas, a efecto de dar inicio así a la misión de protectorado que nos imponían los convenios con las potencias europeas; y, a continuación, tuvo la campaña una fase de preponderancia política (de 01-12-09 a finales de 1910) destinada a la pacificación de las cabilas de la zona e implicarlas en la organización moderna de la arcaica sociedad cerrada e incivilizada que constituían ellas, y así prepararlas de modo civilizado para sus participación en la vida internacional.

La fase bélica tuvo su comienzo con la agresión de elementos harqueños (09-07-1909) a los obreros que realizaban el tendido de la vía ferroviaria a las futuras minas del monte Huixan; concesiones mineras que habían sido autorizadas por el fallido pretendiente al Trono marroquí, El Roghi, a favor de dos compañías mineras, una española y la otra francesa. La fuerza de la guarnición estaba obligada a proteger aquellos trabajos, por hallarse ellos en territorio del protectorado español, y aunque dicha fuerza no disponía de más de 2.000 hombres para esa misión, el General Gobernador, Marina de Vega, decidió ocupar tres posiciones defensivas al sur de la plaza y a distancia de unos ocho kilómetros de ella (Sidi Musa, Sidi Alí y Sidi Ahmed el Hach). Los harqueños, rebeldes desde siempre al Sultán y a los convenios internacionales, hacían la guerra por su cuenta; enemigos mortales ellos de los cristianos, no podían consentir que tropas españolas invadiesen su territorio; además, acababan de pasar el entrenamiento bélico de una guerra civil de seis años, les aburría la vida sin pelear y su carácter bandolero nato les incitaba a una nueva guerra en la que pensaban obtener buen botín.

                                                                General Marina

Los primeros días fueron muy duros para toda la guarnición melillense, en especial para los defensores de las nuevas posiciones defensivas exteriores y para los componentes de los convoyes de suministros. Constantemente eran tiroteados, desde alturas dominantes que formaban la falda del macizo del Gurugú o desde ocultas distancias muy cortas, por una nube de tiradores bien mimetizados con el abrupto terreno y que buscaban la ocasión del asalto en especial por la noche y sobre aquellas incipientes posiciones sin siquiera alambradas aún y con incompleto cerramiento de parapetos de pocos decímetros de altura. Añádase el calor canicular de julio, con las secuelas de agua racionada para el personal y el ganado.

Pero la guarnición melillense estaba muy bien instruida, su oficio militar ejercido de modo habitual en todas las horas del día y de la noche, y durante todos los días del año, la hacía tropa combatiente insuperable. Entre las otras aguerridas unidades de la plantilla, figuraba la Brigada Disciplinaria, con dos compañías de infantería y que reunía lo peor de las peores casas y los desechos de todos los cuarteles del Ejército; personal condenado por delitos muy graves, que ponía su esperanza en hacer méritos en el combate para que les fueran reducidos sus largos años de recargo de servicio militar. Aquellos corrigendos resultaban realmente temibles hasta para los temibles harqueños. También se contaba con voluntarios de las cabilas más próximas, que temerosos de la harka se habían refugiado en la plaza y realizaban tareas auxiliares para la guarnición; con ellos se constituyó el embrión de lo que luego sería Policía Indígena, e importantes eran sus tareas de información confidencial conseguida en el campo enemigo y la de guía de las unidades por aquel totalmente desconocido terreno cruzado por múltiples barrancadas y tapiales de piedra y chumberas, y sin un solo camino carretero para los carruajes de carga.

Los combates del día 9 habían sido llevados a cabo por una fracción de la harka, y la fuerza española les resultó superior a la esperada por ellos; por lo cual, se vieron obligados a demandar refuerzos, ardieron grandes hogueras en los picos del Gurugú y se predicó la guerra santa en los aduares. Durante los ocho días siguientes su esfuerzo bélico era moderado, aunque incesante. Pero el día 18, ya fortalecidos, decidieron asaltar en fuerza las tres posiciones exteriores; a cubierto de las primeras sombras del anochecer, se fueron acercando a las mismas y de improviso se lanzaron a la carrera y en masa contra ellas; trabado el combate cuerpo a cuerpo pudieron ser rechazados, pero dejaron muertos al Comandante Royo y al Capitán Guiloche, de Artillería, que acudieron presurosos a defender por sí solos sus cañones e impedir que se los llevasen los asaltantes. También murieron un Tte. Col., de Infantería y 18 de tropa. En cuanto a los atacantes, las confidencias cifraban en 150 sus muertos y en 300 sus heridos.

Los días iban transcurriendo con la constante y permanente hostilidad de la harka, pero no se repetía su intento general de asalto; tres días después lo intentaron sobre Sidi Alí y aunque fueron rechazados se llevaron los 18 mulos que descansaban fuera del recinto, por no tener cabida en él. Mientras, habían ido llegando refuerzos a la plaza; pero refuerzos de soldados recién incorporados a sus unidades expedicionarias, sin la necesaria instrucción y muchos de ellos reservistas ya casados y que nunca pensaron que tuviesen que volver a filas. El día 27, se encomendó a la Brigada de Cazadores de Madrid, recién desembarcada y no bien recuperado el personal del mareo propio del viaje marinero, se le encomendó la protección lejana de un gran convoy hacia las posiciones, misión fácil y en la que no tendría que combatir; pero hubo un fatal error en el itinerario a seguir por parte de la vanguardia, que llevó media brigada a un terreno ajeno a la misión de la columna, y además había exceso de confianza en que no pasaba nada, había mucha bisoñez; y al intentar cruzar la barrancada del Barranco del Lobo para recuperar el debido itinerario les estaba esperando un núcleo importante de la harka, que oculto y a distancias de cincuenta metros eran raros los disparos que fallaban. Aquello fue el más cruento episodio de aquella campaña; los camilleros retiraron 52 cadáveres y en el campo quedaron 110; hubo unos 500 heridos, y un indeterminado porcentaje de ellos morirían en los Hospitales o en los traslados. Pero con todo, aquello fue un monumento al heroísmo militar; en su afán de ocupar los puestos de mayor peligro queriendo proteger a la tropa y dirigir sus fuegos, murieron el General Jefe de la Brigada, tres Tenientes Coroneles, dos Comandantes, quince Oficiales y un alto e indeterminable número de Sargentos. Las bajas rifeñas también fueron muy elevadas, pero muy imprecisas para los confidentes, entre 100 y 475 muertos, y entre 500 y 1200 heridos.

                                              Recogida de cadáveres españoles en el Barranco del Lobo

Aquello fue una dura lección para todos; para el Gobierno, que no debía acuciar con sus premuras al Mando de las operaciones; al Ministerio de la Guerra, que tampoco, por muchos refuerzos improvisados que enviase; a los manipuladores de la opinión pública, que empujaban irracionalmente hacia el desastre y, luego, la culpa era tan sólo de los mandos militares y de los muertos. El caso fue que tantas pérdidas impusieron un período de dos semanas de actividad bélica de tan sólo nivel medio, consistente en tiroteos contra las posiciones y contra los convoyes.

A la plaza siguieron llegando refuerzos, que pasaban a integrarse en la organización de dos divisiones operativas, o en un núcleo de fuerza del Cuartel General o en las fuerzas de la guarnición. El estadillo de fuerza a mitad de mes de agosto sumaba: 9 Generales, 129 Jefes, 963 Oficiales, 29769 de Tropa, 1.986 caballos y 2.966 mulos. El General Gobernador fue ascendido a Teniente General y se le nombró Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones; comenzó el mejoramiento de las instalaciones portuarias, hasta entonces muy reducidas y que hacían muy lentas las operaciones de embarque y desembarque de ganado y de material; y antes de final de ese mes llegarían los primeros camellos de una partida de 300 que había comprado el Gobierno, para reducir las necesidades de agua del ganado; y llegarían también los novedosos “salacot” que sustituirían al, más cómodo, “ros” tradicional en nuestras tropas expedicionarias africanas. También llegó una compañía de Aerostación, con un globo cautivo para observatorio.

En tales condiciones y entre finales de agosto y mitad de septiembre, se realizó la pacificación con pocas bajas del espacio delimitado por el triángulo Melilla, Cabo de Agua (frente a Chafarinas) y Zeluán. Los refuerzos siguieron llegando para intimidar a la harka y evitar nuevos encuentros cruentos; a mitad de septiembre el estadillo de fuerzas daba: 12 Generales, 155 Jefes, 1.387 Oficiales, 38.837 de Tropa, 3.023 caballos y 7.409 mulos. Y el 20-09 comenzó la ocupación de la zona oeste de Melilla, que expulsaría la harka (entre 5.000 y 6.000 hombres) presente en la península de Tres Forcas y proporcionaría bases avanzadas principales en Taurirt, Taxdirt, Zoco el Haz de Beni Sicar y Hidum. Ello dio lugar a duros combates que se prolongaron hasta final de noviembre y en los que se produjeron sensibles bajas, pero inferiores a las que eran de esperar, ya que la fuerza artillera mediante el empleo de botes de metralla alejaba fuera del alcance de sus fusiles a los grandes grupos harqueños, y la profusión de movediza caballería los desmoralizaba. Actos de heroísmo hubo muchos, pero la historia recogió el de la carga del escuadrón de caballería del Alfonso XII, en Taxdirt, 103 caballos a las órdenes del Tte. Col. Cavalcanti, contra un grueso contingente que avanzaba contra el flanco de un batallón de infantería, y que con ya solo 20 caballos agotados terminaron persiguiendo al enemigo al paso, hasta que fueron relevados por infantería (el escuadrón tuvo siete muertos, 17 heridos y un contuso, el Teniente Gómez Spéncer, que al perder su caballo y contuso él fue siguiendo al escuadrón a pie). Y otro hecho famoso fue el protagonizado por el cabo Luis Noval, en el Zoco el Haz, que habiendo sido capturado cuando hacía el recorrido nocturno de los puestos de escucha, quiso ser empleado para que los centinelas del recinto les permitieran el paso a sus captores, pero él gritó que hicieran fuego sobre él porque eran los moros.

                                                            Cavalcanti, en su época de General

A final de septiembre, las confidencias aseguraron que el grueso de la harka de los altos del Gurugú se había desplazado a otras zonas de combate; ello dio lugar al envío de una columna de reconocimiento que llevó la Bandera de España a los dos picos principales del macizo, Basbel y Kola. Aquel gesto era propagandístico, por ser muy demandado por todos, Gobierno, Ministerio, opinión pública, medios periodísticos, y que, tras la toma de fotografías y levantamiento de croquis topográficos, se dio por terminado porque no era posible establecer base alguna allí y abastacerla regularmente. Como es natural, a la euforia producida por las fotografías siguió toda clase de censuras e improperios contra el Mando de las operaciones; sin comprender las razones bélicas que hacían imposible la permanencia duradera de tropa allí.

                                                                     Toma del Gurugú

Por aquellas mismas fechas, se inició la ocupación de bases de operaciones en la zona suroriental de Melilla, Nador, Tauima, Zeluán, Zoco el Jemis de Beni Bu Ifrur, Ait Aixa y, la última y que dio fin a la campaña a principio de noviembre, Atlaten. Ello dio lugar a cruentos combates pero de soportable número de bajas, excepto este último que resultó incruento al carecer ya de capacidad combativa la harka. La excepción se produjo a finales de septiembre en un reconocimiento ofensivo sobre el Zoco el Jemis de Beni Bu Ifrur; se enfrentaron 8.200 españoles con 600 caballos a unos 18.000 harqueños, la mitad armados con fusil; al efectuarse la retirada tras cumplida la misión, la harka atacó en fuerza y aunque no llegó a copar ninguna unidad las bajas fueron numerosas, en proporción al derroche de heroísmo. Murieron el General Jefe de una columna de flanqueo, tres Oficiales y 36 de Tropa; resultaron heridos, un Comandante, ocho Oficiales y 251 de Tropa; contusos, un General, un Jefe, 10 Oficiales y 62 de Tropa. En cuanto a las bajas harqueñas, los representantes del Sultán las evaluaron en 120 muertos y 300 heridos.

No quisieron estar ausentes en aquella campaña las fuerzas desatadas de la naturaleza; desde el día 18 al 22 de octubre, se produjo un episodio tempestuoso de huracanes y lluvias, como nadie en Melilla recordaba que se hubiese producido nunca, los campos inundados hacían imposible el movimiento entre las posiciones, las tiendas y las chabolas de los campamentos fueron abatidas, ni siquiera resultaba posible el confeccionar los ranchos, hubo grandes pérdidas de víveres y municiones. Con ello, se alcanzó un 6% de enfermos; un buen número, con tifus. Lo único favorable de aquella situación fue la ausencia del incesante tiroteo habitual.

Ante la magnitud del Ejército de Operaciones, a finales de noviembre los harqueños de cabilas lejanas se marcharon y desde entonces las cabilas cercanas a la plaza se apresuraron a pedir el “amán” (el perdón y la paz). Se presentaban al Gobernador militar comisiones formadas por los notables de cada cabila; se les imponían multas en proporción a los hombres que habían tenido en la harka, se les exigía la entrega de un importante número de fusiles y se les exigía la designación de un grupo de hombres de prestigio, para constituir un núcleo de policía bajo mando de oficiales y suboficiales españoles. El importe de las multas era dedicado al pago de obreros de las cabilas que trabajaran en la construcción de la necesaria red viaria. El día 8-12 obtuvo el perdón Abd El Kader, de Beni Sicar, uno de los dos jefes de la harka y desde entonces, aun en los momentos más duros habidos después, fue el más leal amigo que tuvo España. Y así comenzó la fase política de aquella campaña; pero fase repleta de incidentes violentos aislados, puesto que los moros montaraces necesitaban su tiempo para olvidar sus instintos bandoleros; siempre había merodeadores en torno a centinelas distraídos o soldados solos o en pareja que se desplazasen fuera de las posiciones, para atacarles y robarles el armamento.

De las bajas habidas en la fase bélica, las rifeñas fueron evaluadas y notificadas al Sultán en 1.765 muertos enterrados inmediatamente después de los combates, los heridos no los contabilizaban; y las españolas en 2.517 entre muertos y heridos, más 211 fallecimientos por enfermedad en los hospitales melillenses.

El General Jefe, José Marina de Vega, fatigado por su directa dirección de la campaña y agotado por las continuadas insidias de partidos políticos y de prensa “libre”, dimitió con carácter irrevocable en julio de 1910. Fue sustituido en octubre por el General García Aldave, para el mando de la recién creada Capitanía General de Melilla.

                                         Monumento a los héroes de Taxdirt en el Acuarlamiento del "Alcántara"

¿Y las “potencias”? Pues, preparándonos ellas el comienzo de la siguiente campaña, la del Kert, 1911-12. El gobierno dispuso que no se reanudasen los trabajos de las minas, hasta obtener la conformidad de todas las cabilas; pues, nada, los franceses, desobedientes, comenzaron sus trabajos en febrero, y aún hicieron correr el rumor entre los rifeños de que España y Francia entrarían en guerra por la cuestión de las minas. Era una de sus maneras de interrumpir la política de paz y cooperación con las cabilas pretendida por España. Y eso que ellas, las potencias, estaban siendo conducidas indisimulablemente ya hacia la Gran Guerra (I G. M.).

                                                                           José Antonio Chamorro Manzano
                                                                               XVI Promoción A G M

2 comentarios:

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

(De la AEM. Asociación de Estudios Melillenses)
El día 18 Julio de 1909 a las nueve de la noche, hallándose el Comandante don José Royo de Diego y el Capitán don Enrique Guiloche Bonet en la posición avanzada de Sidi Hamet el Hach y después de haber combatido durante todo el día fue asaltada la batería por los rífenos, en ocasión de haberse retirado de las piezas la tropa que las servían de sostén y cesado el fuego por orden del General Marina, allí presente. Al notar la agresión el Comnadante Royo, alejado algunos pasos, dijo en voz alta: “Guiloche ¡hay que morir! ¡Nos quitan las piezas! Guiloche contestó: “¡vamos allá! Y corrieron ambos, revolver en mano, hacia la batería, donde encontraron la muerte, después de darla por su mano a algunos de los agresores, en combate personal. El Capitán Guiloche murió agarrado a una rueda del cañón de bronce comprimido de 9 cm. nº 268 y a su inmediación también halló la muerte el Comandante Royo.
Los cuerpos de estos heroicos artilleros, recompensados con la Cruz Laureada de San Fernando, reposan en el llamado Panteón de Margallo, en Melilla (Fila 1, lápidas 2 y 3)

José Antonio dijo...

Las bajas habidas en el combate del Barranco del Lobo, 27-07-1909, no llegaron a poder ser determinadas mas que de modo numérico, al pasarse lista de presentes en las unidades; y ni aun con el paso de los meses se llegó a tener seguridad de su clasificación. Los cadáveres, concentrados sobre la plaza, no todos fueron identificados, aun a pesar del envío de comisiones de reconocimiento de los cuerpos. Los heridos, a causa de su elevado número, no podían ser atendidos con urgencia en los hospitales locales; un 20%, el de los menos graves fueron evacuados al hospital de Chafarinas y los del 80% restante fueron evacuados a Málaga; como era natural, la urgencia condicionaba negativamente su identificación y la confección de listas fiables. Ya en Málaga, pasaban a los centro hospitalarios locales, que desbordados también y tras las curas urgentes necesarias se mostraban encantados de enviar a los heridos que consideraban podrían soportar el viaje a los hospitales más cercanos a sus lugares de residencia familiar (de uno se sabe que llegó a Gerona). Con los limitados medios propios de la época, hubo nombres que figuraron como fallecidos en unas listas, a la vez de como heridos y desaparecidos en otras. En las evacuaciones desde el campo de combate, tuvo protagonismo destacado el Médico 1º Mariano Gómez Ulla, al mando de una sección de ambulancia.

El día 24 de septiembre, el Batallón de Las Navas hizo un reconocimiento del lugar del combate y recogió 110 cadáveres momificados y cruelmente maltratados por los harqueños. Es que estos se comportaban así con sus enemigos, fueran cristianos o fueran musulmanes, no enterraban a los muertos y cada vez que pasaban por sus inmediaciones les añadían algún maltrato. Ello y desde siempre, creó la opinión de que los moros eran personas de naturaleza muy cruel. Pero el tiempo fue pasando y hubo ya días (en la guerra civil española 1934-39) en que los moros comprobaron que naturaleza más cruel que la suya propia era la de los verdugos de los partidos políticos del bando rojo. Sí, esos verdugos que ahora son ensalzados por los actuales partidos políticos antinacionales y calificados de represaliados por “el franquismo”.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M