ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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15/2/12

Un Sacerdote español


No se trata de ningún actor de moda.

Está mirando a un fotógrafo ruso unos segundos antes de que le fusilen, es el 18 de agosto de 1936.
Es un sacerdote de 25 años que se llama Martín Martínez Pascual.
Su crimen es ser cura (para los de las memorias históricas y demás defensores de las libertades)
Ha ido a su pueblo Valdealgorfa, provincia de Teruel  a pasar unas vacaciones de verano con sus padres y le ha pillado allí la movida.
El 26 de julio, avisado de que lo buscaban para matarlo, se escondió en casa de algunas familias amigas. Más tarde huyó a una finca a tres kilómetros del pueblo y se ocultó en una cueva.
El 18 de agosto por la mañana detuvieron a todos los sacerdotes que había enValdealgorfa. Al no encontrar a Martín, encarcelaron a su padre. Inmediatamente, la familia envió recado a D. Martín para que escapara. Pero éste, en cuanto se enteró, echó a correr a toda prisa hacia el pueblo para presentarse al Comité. Un miliciano muy amigo le salió al paso, rogándole que huyera; pero Martín le dijo que no podía consentir que su padre padeciera por él y que quería correr la misma suerte que los demás sacerdotes. Ya ante el Comité, este miliciano todavía quiso salvar a Martín, diciendo que se trataba de un joven estudiante. Pero él confesó que era sacerdote y dio a su amigo un abrazo para que lo transmitiera a su familia. “Yo quiero morir mártir con mis compañeros”, decía. 
Sólo estuvo unos minutos apresado. Inmediatamente lo llevaron a pie hasta la plaza del pueblo, donde lo subieron con otros cinco sacerdotes y nueve seglares a un camión camino del cementerio. Antes de llegar, en el camino, los mataron. Los colocaron de espaldas; pero Martín quiso morir de frente, como lo vemos en la foto. Antes de disparar, les preguntaron si deseaban alguna cosa. Martín respondió: “Yo no quiero sino daros mi bendición para que Dios no os tome en cuenta la locura que vais a cometer”. Y después de bendecirles añadió: “Y ahora que me dejéis gritar con todas mis fuerzas: ¡Viva Cristo Rey!”.



José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
XXX Promoción

3 comentarios:

Javier de la Uz dijo...

"NO LLORÉIS, NOS VEMOS EN EL CIELO". ASÍ SE DESPEDÍAN LOS JÓVENES CRISTIANOS DEL 36.

El libro 'Así iban a la muerte' (Voz de papel), del historiador y prior de la abadía del Valle de los Caídos, recoge las últimas palabras de los jóvenes católicos que murieron víctimas de la Guerra Civil. Paz, piedad y perdón eran las palabras más repetidas. Lo cuenta en ALBA Carmelo López Arias.

Salvador Pigem Serra, uno de los 51 claretianos mártires de Barbastro, sintetiza un mensaje que encontramos reiterado en los demás: “Mamá, no llores, Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré: seré mártir, voy al cielo. Allá os espero”.

El sentido sacrificial era muy acusado. Fernando Vidal-Ribas, catalán de 24 años, fusilado en Barcelona, consolaba así a sus padres: “Acoged mi muerte no con tristeza, sino con alegría; Dios lo quiere y España necesita mi sangre”.

José Antonio dijo...

Esa historia me ha hecho recordar otra similar que en mi infancia me permitió conocer al miliciano rojo que quiso evitar que asesinasen al cura de su pueblo. El tal miliciano, cuando niño yo le conocí a él, era un tipo terrible, malencarado, gritón, con un vocabulario de lo más inaudible posible, se puede decir que en el pueblo causaba verdadero miedo; pasaron los años y de cuando en cuando, en alguna de mis visitas allí, a mí se me iba quitando el miedo a tropezarme con él, su imagen iba siendo la de un hombre normal, hablaba poco pero con alguna amabilidad y, por último me dijeron que hacía ya tiempo que había fallecido. Sobre su fallecimiento, oí hablar con admiración; los últimos años de su vida los había dedicado a cuidar como si fuera su hermano, a uno de sus más grandes enemigos de juventud, a un vecino suyo que tenía fama de falangista desde antes de la guerra.

El caso fue que como en su pueblo nadie mataba a nadie, pues alguien mando a milicianos rojos de afuera que fueran a por los fascistas de allí. Los venidos, de entrada se metieron en una taberna para refrescar el gaznate, era agosto, y allí haciendo alarde de su prepotencia pregonaron a lo que iban. Uno de los presentes vecinos del pueblo, disimuladamente se escabulló y corrió a casa del cura para ponerle a salvo; a empellones llevó al cura al corral de la casa y lo enterró entre gavillas de leña menuda, y él huyó saltando las tapias de los corrales aledaños.

Cuando los emisarios de la muerte se encaminaron a casa del cura, se les incorporaron algunos afines del pueblo, entre ellos aquel del que hemos hablado al principio. Entraron en busca del cura y al no encontrarlo pasaron al corral; nada más entrar, este último referido miliciano se percató de que de debajo de una gavilla salía un zapato del cura. De inmediato, se acercó allí y tapó aquel zapato, movió las gavillas de arriba y gritó que allí no había nadie.

Y, de pronto, desde una ventana de la casa de al lado se oyó la voz de una moza –¡No digas que no hay nadie, si lo has estado tapando tú! Al momento los milicianos apartaron las gavillas de leña y allí apareció el más avergonzado que temeroso cura. El miliciano local, se excusó como pudo; y nadie se atrevió a censurarle nada mi acusarle de querer salvar al cura. Era mucho el temor que causaba, a una posible reacción violenta suya.

También recuerdo que la moza de la ventana, cuando yo la conocí ya estaba casada, vestía una especie de hábito de alguna orden religiosa, y era una feligresa muy piadosa que cuidaba de la limpieza y el ornato de la restaurada iglesia y de una ermita. Pero que nunca se atrevió a encontrase de frente al exmiliciano al que ella pudo haberle condenado a seguir la aciaga suerte del cura.

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

20 de abril de 1999, once y media de la mañana. En la Columbine Highschool en Littleton, Colorado (Estados Unidos), Rachel Joy Scott, de 17 años, caía herida a causa de los disparos de dos alumnos que se precipitaron abriendo fuego indiscriminadamente. Uno de ellos se le acercó y, apuntándole en la cabeza, le preguntó: «Y ahora, ¿crees en Dios?». Respuesta: «Tú sabes que creo». Fueron sus últimas palabras, silenciadas por un disparo.

Varios años después de la tristemente famosa matanza de Columbine, el testimonio de Rachel Joy Scott sigue tocando los corazones de millones de personas. Su familia fue poco a poco descubriéndonos el interior de su alma, principalmente con la publicación de sus poemas, diarios y dibujos.

La tercera de cinco hermanos, Rachel era una de esas criaturas que no merecería morir jamás. Joven alegre, estudiosa, con deseos de ser actriz y muy religiosa; se tomaba en serio su amistad con Cristo. Así lo demuestra uno de sus escritos: «¡Ve tras de Dios! Donde sea que quiera llevarte, ve. Y no pongas la excusa “sólo soy un adolescente” o “lo haré cuando crezca”, porque no es así como funciona. ¡Dios quiere conocerte ahora!».

Rachel no quería ser «etiquetada como una simple estadística», como escribiría, sino que tenía muy claro qué es lo importante en la vida. Lo sintetizó perfectamente en la portada de uno de sus diarios: «Ni para provecho de mi gloria, ni para provecho de mi fama, ni para provecho de mi éxito. ¡Por el provecho de mi alma!».
Era muy consciente de que lo que hacía tenía un sentido de eternidad. Sus poemas son los

que, sin duda, transmiten mejor esta visión: «¿Qué pasaría si murieras hoy? ¿Qué sería de ti?

¿Adónde irías? No tienes asegurado el mañana, sólo es una posibilidad. Y puede que no la

tengas. Y después de la muerte, ¿qué? ¿Dónde piensas pasar la eternidad?». Y concluía con

esta resolución: «La eternidad está en tus manos, ¡Elige!».


Pero lo que tal vez impresiona más, entre todo el material, es el dibujo que pintó quince

minutos antes de su muerte: sus ojos, de los que se desprenden trece lágrimas cayendo sobre

una rosa. ¿Qué es lo extraordinario? Que trece fueron las víctimas esa mañana y que muchas

confesiones cristianas en los Estados Unidos simbolizan la Resurrección de Cristo con una

rosa (en inglés “rose”, que, en un juego de palabras, se traduciría “Él resucitó”).