ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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21/11/11

África en la Memoria








  Arturo Pérez - Reverte

El viejo soldado

Al principio no lo reconozco. El suyo es un rostro como cualquier otro. Camina bajo la lluvia fina, con la cabeza descubierta y las manos en los bolsillos del chaquetón impermeable. Pasa por mi lado y me mira un instante, tímido y confuso, como si dudara entre saludarme o no, antes de seguir su camino sin decir nada. Entonces, de golpe, recuerdo. Me detengo y lo llamo: grito su nombre por encima del ruido de los automóviles. Se detiene como sorprendido, al oírlo. De que lo recuerde. Y se vuelve hacia mí. La ropa de paisano le sienta mal; no parece propia de él. Ha engordado, y el pelo que le queda es gris. Sin embargo, la sonrisa es la misma. La cicatriz del mentón –estuve presente el día que se la hizo, o se la hicieron– se embosca entre las arrugas de la cara, en la piel recién afeitada.


–Niño –dice.

Me hace gracia el viejo apelativo, tanto tiempo después. Así me llamaban él y sus compañeros: yo tenía entonces veintitrés años. También lo llamo ahora como entonces.

–Mi capitán –respondo.

Nos estrechamos la mano, entre las luces de los escaparates y los semáforos que se reflejan en el suelo mojado. Tras las primeras palabras quedamos en silencio, mirándonos cautos mientras nos reconocemos los adentros. Resolviendo si es cosa de seguir cada cual su camino, o de quedarse un rato. Recordar y recordarnos. Nos miramos indecisos hasta que, de mutuo acuerdo, decidimos recordar. Con asombrosa naturalidad recobramos antiguos ritos: una palmada en el hombro, más sonrisas, nombres de personas y de lugares que afloran como un torrente. Y luego buscamos un bar apropiado. Una tasca del Madrid de los Austrias, casi vacía. Nos acodamos en la barra, él pide una cerveza y yo un vermut rojo; y con ellos pasamos revista a los recuerdos mientras desgranamos un rosario de nombres queridos: el teniente coronel López Huerta, el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el teniente Rex Regúlez, el cabo Belali uld Maharabi, el teniente Albaladejo… Casi todos ellos están muertos hace mucho tiempo. Como decíamos entonces, dejaron de fumar.
Me habla de mis novelas, que ha leído todas. O eso dice. Del capitán Alatriste, que como veterano soldado es, naturalmente, su favorito. Por mi parte hablo de él mismo, de mis recuerdos a su lado. De su juventud, que durante ocho meses también fue la mía. De otros países, otras fronteras y otras guerras que vinieron después. De nuevos compañeros y amigos en los que, sin duda, se habría reconocido. Al fin, con la tercera cerveza y el tercer vermut, me cuenta de su mujer, de sus dos hijas. De sus tres nietos. De cómo acabó siendo su trabajo hasta hace poco: la mesa cubierta de papeles, la jornada con horario burocrático, el desesperado aburrimiento que en los últimos tiempos invadió hasta el último rincón de su vida. El piso familiar que reservó para su jubilación –Melilla, apunta con una luz singular en los ojos, África a fin de cuentas–. La rutina, los años, la resignación. El consuelo de los recuerdos. De lo que en otro tiempo fue, o creyó ser. Hace siglos, comenta con una sonrisa amarga, que en su vida no hay sorpresas, noches en vela, escaramuzas en el desierto, patrullas nómadas bajo la Cruz del Sur, chicas como las del cabaret de Pepe el Bolígrafo, soldados fieles –a los que traicionamos como a perros, apostilla– como los saharauis de su tropa nativa. Se acabó, amigo. Safi. Una vez fui de vacaciones, en plan visita, a los campamentos de Tinduf, añade. Y me pasé el tiempo llorando.

Cuando salimos de nuevo a la calle, las luces verdes de los taxis pasan por Puerta Cerrada. Miro el reloj. Siento marcharme, digo. Tengo una cita de trabajo. Asiente, comprensivo. Está claro que no desea que nos separemos. Soy parte de su memoria, de sus sueños perdidos y sus nostalgias. Durante tres cervezas ha vuelto a ser el que era, junto a un testigo de lo que en otro tiempo fue: un joven oficial que aún creía en patrias y banderas mientras jugaba a los héroes en un escenario perfecto e irrepetible. Y en cuanto nos separemos, a ojos de cuantos se crucen con él –pocos llevan la biografía escrita en la cara–, volverá a ser un transeúnte más: viejo, anónimo, de aire fatigado. Quizá por eso hay una amarga desolación en su sonrisa cuando estrecha mi mano y vuelve la espalda, alejándose. Aunque se detiene a los tres pasos, como si hubiera olvidado algo.


–Allí no había nada –dice de pronto–. Sólo viento y arena, ¿te acuerdas?… Pero era el lugar más hermoso del mundo.

Francisco Javier de la Uz Jiménez 

3 comentarios:

Chevi Sr. dijo...

Lo ultimo, y lo que más detesto, es intentar apuntarme yo alguna medalla que no merezco; yo sé bien lo que merezco, y eso lo voy tratando con Dios, el castrense. El teniente Rex Regúlez, era de la XXIX, yo de la XXX, vivimos la misma época y las mismas circunstancias, como Mamé,como Marulo, como Ruimi, como el Membri,como Pecho Lobo, etc. Efectivamente era el lugar más romántico del mundo; por tanto el más hermoso.

José Antonio dijo...

Javier: De nuevo me has dado en la línea de flotación; claro, para eso eres fan de la Marina. Me he leído el articulito que nos has puesto, y me ha atrapado. Con independencia de su carga tristona, quizá un poco tópica en cuanto a la curva descendente de la trayectoria vital, con ese sobrepeso de, real o imaginario, aburrimiento, rutina, resignación, nostalgias, amarga desolación, el caso es que me he reencontrado con mi querido y buen amigo Diego Gil Galindo, de la XIV Promoción.

Si a alguien no puedo suponerle pesimismo, es a Diego. Coincidí con él en Smara, ambos tenientes, hacia 1962-63; tenía su destino en la VII Bandera del 3º Tercio. Desbordante de contagiosa actividad y alegría, todo optimismo y siempre voluntario para meterse en todos los bombardeos que pudiera haber; a su lado no existían penas. No volví a verle hasta 1992, en Madrid, con ocasión de una reunión a la cual estábamos convocados los dos.

Después del trabajo, nos fuimos a buscar algún sitio típico para comer. Íbamos caminando por una calle céntrica, ni ancha ni estrecha; en un momento dado, me detiene interponiendo un brazo; me paro, al tiempo que él alzaba ese brazo y gritaba –¡Niño! Miro hacia donde él miraba, y veo un vendedor ambulante de lotería, que oliendo una venta segura se lanza veloz a nuestro encuentro sorteando los coches que pasaban.

Llegado el vendedor, empieza Diego a buscar en sus bolsillos las gafas, para poder elegir bien el número que fuera a tocar. Y antes de haberlas encontrado, dice –Niño, ¿tú de qué Tercio eras?; respuesta –Del mismo que usté, mi Teniente; del 3º, Don Juan de Austria. –Pues, entonces dame un décimo que vaya a tocar.

Y, entre palabras afectivas de recuerdo a sus viejos tiempos comunes, Diego acabo comprando tres décimos y yo otros tres. No nos tocó ni la pedrea.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

José Antonio dijo...

He querido conocer algo sobre la actualidad de Diego y le he buscado en internet. No he tardado mucho en tropezarme con su esquela mortuoria; falleció en 15-12-2007, con 74 años de edad, era de la XIII Promoción y dejó viuda, dos hijas y cuatro hijos, y muchos amigos. Estoy seguro de que todos los pesimistas que haya en el cielo (si es que allí puede haber algún pesimista) lo tendrán ahora más difícil para serlo, con Diego incansable tras todos ellos, ¡Niño!...

No puedo resistirme a contar una anécdota en la que no podía faltar él. Estábamos en Smara, mandaba la Zona de Samara, perteneciente al Subsector Norte, el Tte. Col. Víctor Lago Román (sería víctima del terrorismo, estando al mando de la División Acorazada Brunete).

El Tte. Col., era muy riguroso en su delicado puesto, quería que se le comunicase todo lo que pudiera tener alguna trascendencia oficial. Una mañana de domingo, después de la misa y la formación para revista de la VIII Bandera, un grupito de tenientes de la guarnición decidió hacer una pequeña excursión, a unos 25 kms., de distancia en pleno desierto, y consideraron que no necesitaban pedir autorización al Tte. Col.

Los excursionistas tardaron unas horas más de lo previsto en regresar, y alguien alarmado por el retraso se lo comunicó al Tte. Col.; éste, Medalla Militar Individual ganada en la División Azul, se informó de los nombres de los participantes y considerando que eran los que se apuntaban a todos los bombardeos, no se inmutó: “Pues a dormir sí que vendrán”. Y ordenó que se le pusiesen a la firma sendos escritos comunicativos de cuatro días de arresto, por abandono de la plaza sin autorización; una vez firmados e introducidos en sobres cerrados, fueron depositados los escritosen la mesilla del dormitorio de cada uno de los infractores.

Cuando con nocturnidad y máximo sigilo iban entrando en sus alojamientos los aludidos, se encontraban el papelito. Cumplieron el arresto y en la tarde noche siguiente se reunieron todos los implicados y algunos francos de servicio que quisieron acompañarles al sentimiento, en el bar de oficiales. Empezaron con cerveza y acabaron con leche de pantera; con tal tratamiento medicinal, se les despertó la inteligencia y vieron claro que el Tte. Col., se había excedido en el castigo. Y decidieron ir a rondarle amablemente; llegados a la puerta de su habitación, en voz bajita le cantaron un tango tristón; pero el rondado no salía con una fusta en la mano para correrlos como se merecían ellos. Repitieron el tango, y nada; lo cantaron por tercera vez, y nada de nada; entonces uno pegó su oreja a la puerta, para ver si oía ronquidos y, hubo la mala suerte de que otro de detrás tropezó y cayó sobre el de la oreja pegada y la puerta se fue al suelo. Corrieron todos a sus habitaciones, pensando que, ahora sí, el Tte. Col., iba a llamar a la Guardia y los iban a detener por sedición. Pero, nada de nada; empezaba a amanecer ya, cuando se oyó la potente voz del Tte. Col., llamando al Cabo de Guardia para que mandase un carpintero, porque el siroco había derribado su puerta…