ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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9/10/11

UNA ANÉCDOTA CON EL GENERAL JAIME MILANS DEL BOSCH



Hacia el año 1973, la Brigada XI realizaba unas maniobras por la zona del embalse del Atazar, con un amplio despliegue de sus unidades. Al General le gustaba visitar todas las pequeñas unidades posibles; sin previo aviso podía presentarse en un vivac de compañía o de sección o de pelotón. Allí observaba, preguntaba, encargaba a su ayudante (Comandante Mas Oliver) que tomase algunas notas para luego hacer algunos encargos a su Estado Mayor, etc.

Había pasado ya la hora del mediodía, cuando se presentó él en el vivac de una compañía de mi batallón; anduvo observando lo que le interesaba y el reloj llevaba insobornable a la hora de la distribución del rancho. En el momento preciso, el Brigada jefe de la cocina solicitó permiso al Capitán para montar el punto de reparto, el Teniente de servicio formó la tropa y pidió permiso para comenzar la distribución; el Capitán pidió la venia al General y el reparto comenzó. El General aprovechaba su trasiego por entre los grupitos de soldados comensales sentados bajo los árboles, para charlar con ellos y para comprobar la cantidad y la calidad de las raciones (en el guisado del primer plato, se veían sobresalir apetitosas tajadas de carne); y el reloj no paraba y la comida de la tropa terminó y, el General, que no se iba. No tuvo más remedio el Capitán que rogarle que se quedara a comer con los oficiales; precisamente en un día en el que no deseaba él que se quedara el General.



Aceptada que fue la invitación, se trasladaron al chamizo en el que había sido instalado el austero comedor de campaña y cuando estuvieron sentados (el General, su Ayudante, el Capitán, dos Tenientes y un Alférez), apareció el soldado más limpio y aparente de la cocina, con un perolín humeante y de prometedores aromas. Fue sirviendo los platos y, cuando dio inicio el General, todos, menos el Capitán, comieron con gran apetito y agrado. El Capitán sufría ciertos sudores fríos y sólo deseaba para sus adentros que desapareciese aquel primer plato y llegara el segundo.

Y llegó el segundo plato y llegó el postre y llegó… el momento en el que el Teniente Bernardo ya no se pudo aguantar más.

– Mi General, me permite una pregunta.
– Cómo no, Bernardo; dígame usted.
– ¿Qué le ha parecido el guisado del primer plato?
– Exquisito. Tengo que ir a felicitar al personal de la cocina.
– Más que nada, mi General, lo decía por la carne de jabalí que tenía…

El Capitán casi se desmaya, las botas del otro Teniente y del Alférez buscaban ansiosas bajo la mesa las espinillas de Bernardo, para hacerle callar. Y éste que no callaba; hasta tal punto que hasta las botas del General y las del Ayudante y las del desmayado Capitán se incorporaron a la tarea de machacar las espinillas del parlanchín.

Consciente de la situación, el General dio por concluida la comida y, como si no hubiese escuchado nada, salió del chamizo, seguido por su Ayudante y el Capitán. El otro Teniente y el Alférez sujetaban a Bernardo y le tapaban la boca para que no siguiese alardeando de su hazaña cinegética. En cuanto el General tuvo por seguro que al Capitán ya no le daba un infarto, se despidió y se marchó sin hacer ningún comentario.

El Capitán quería ultimar a Bernardo, y entonces hubo de ser contenido por el otro Teniente y el Alférez; mientras que Bernardo, caído ya del guindo, pedía perdón y juraba que nunca más en su vida volvería a cazar.

Una constante en todas las instrucciones generales que acompañaban las órdenes operativas para los ejercicios en campo abierto, era la de que estaba prohibido cazar, bajo pena de sanción disciplinaria. Y en el bueno del Teniente Bernardo habían podido más su afición cinegética y su orgullo de cazador furtivo, que la observancia de las órdenes …y el sano juicio.

El general Milans debió pensar que, si se daba por enterado, tenía el deber de arrestar en un castillo al Capitán y al Teniente Bernardo y al Brigada encargado de la cocina y a alguno más. Así que no se dio por enterado, pero en las instrucciones para los ejercicios siguientes aparecía siempre con subrayado lo de prohibido cazar.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

3 comentarios:

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

¿Alguien se imagina a Julito "el rojo" y algunos comparsas en esa situación?
Yo, no. Por que entre otras cosas, y parafraseando a Salmerón, no han mandado ni en su casa.

José Antonio dijo...

Gonzalo, improvisando un poco acerca de tu interrogante; yo diría que el General Jaime Milans hablaba y actuaba con el alma, a la vez que el teglamento, en la mano; puedo afirmar que no padecía “fajinitis”. Se sentía siempre seguro de sí mismo y capaz de fundar y explicar sus ponderadas decisiones en lo más racional y justo, de acuerdo con la situación.

Alguna vez, comentamos el hecho de aquella comida entre los compañeros; la opinión mayoritaria se inclinaba por que “si al Tte. Bernardo no le da aquel rapto de locura”, la cosa podía haber pasado a mayores. Pues el General habría calculado que en el plato de cada soldado que él veía había un cuarto de kilo de carne; y como la asignación oficial para la alimentación no podía sufragar ese gasto, algo raro tenía que haber. Entonces habría ordenado un informe al respecto y las indagaciones necesarias. Así, habría quedado al descubierto lo del jabalí. Entonces el General habría deducido deslealtad por parte del Capitán; y por lo menos éste y el Tte. Bernardo habrían pasado unas inesperadas vacaciones recluidos en un castillo.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

El General Miláns era un militar como la copa de un pino. Y por la anécdota que nos cuentas,mi Coronel, además con mano izquierda.
Tropero desde cadete en el glorioso Alcázar de Toledo, hasta General de maniobras en tiempos de paz.