ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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7/9/11

SALUDOS Y GESTOS





El señor Rodríguez, jefe de las Fuerzas Armadas, saluda al Papa con la frialdad de un progre sectario y chusquero
No debería extrañarnos de quien es el jefe de Estado Mayor de la Defensa a las órdenes de este Gobierno. Hace algo más de dos años, un grupo de militares españoles fue sancionado por la ministra de Defensa tras izar una bandera española en el transcurso de unas maniobras celebradas en Álava. El señor Rodríguez calló y tragó con el insólito castigo a sus subordinados.
Antes había optado por la fórmula de la promesa del cargo frente a la jura que fue siempre imperio para nuestros altos mandos militares. Hablamos de José Julio Rodríguez Fernández, hombre de la máxima confianza del Gobierno socialista (lo que ya nos induce a desconfiar de él) y que hoy ha vuelto a quedar en evidencia al saludar al Santo Padre como si se tratara de un acrisolado militante de la izquierda laica y no del principal responsable de la institución mundial que más ha hecho por la defensa de los valores inherentes a la Cristiandad dentro y fuera de territorio español.


Es costumbre entre los cristianos hacer una genuflexión ante el Papa. Consiste este gesto en flectar brevemente la rodilla derecha hasta el suelo, con el torso erguido. Hasta la Reina se somete a él con admirable respeto. No se trata de que el señor Rodríguez sea coherente o no con unas determinadas creencias religiosas, sino de lo que representa en tanto jefe máximo de unas Fuerzas Armadas españolas que no existirían sin el sustento espiritual de la Iglesia en el Vicario de Cristo representada.
Y el señor Rodríguez, camarada Rodríguez según se malicia en algunos círculos castrenses, ha vuelto a dar la de arena al marcar distancia con el Santo Padre, al que saludó con un displicente apretón de mano y sin el sentido de la marcialidad que exigía el momento, el honor y el decoro. Al fin y al cabo, podría pensarse, su futuro laboral no depende del Vaticano.
Según se mire, su saludo frío y protocolario supone una afrenta a la historia y la dignidad de nuestros uniformados, una prueba más de que señor Rodríguez era la figura que más convenia al Gobierno para ensayar su siniestra ingeniería defensiva, para lo que hubo que hacer depuraciones que permitieron desbrozar cualquier apelación al patriotismo, a la unidad nacional y a las virtudes éticas que han sido habituales en nuestras Fuerzas Armadas desde siempre.
Nuestro Ejército sufre la peor crisis de su historia y es el peor escaparate posible en el que podría reflejarse el de cualquier país serio y orgulloso de serlo. Tener al frente de ellas a un funcionario con apariencia de profesor progre de instituto, sumiso siempre con la descerebrada ministra de Defensa, hubiese abochornado a cualquiera de los ilustres generales españoles que dieron lustre a su patriótica y mística vocación.
A la crisis económica que asola España y obliga a recortes sucesivos de los presupuestos militares, se une el convencimiento obsesivo de Zapatero de que las Fuerzas Armadas conservan todavía actitudes heredadas del franquismo que hay que erradicar a golpe de leyes. Con la conformidad del señor Rodríguez, el Gobierno ha conseguido el objetivo marcado de refundar el Ejército hasta convertirlo en una fuerza laica para misiones humanitarias al servicio de la Alianza de Civilizaciones.
La aplicación metódica de un modelo ideológico que se inspira y hunde sus raíces en la Segunda República, la gravísima crisis económica que mantiene a España al borde de la quiebra y una presencia ruinosa en Afganistán, resultan un mix letal para las Fuerzas Armadas. Los efectos se dejan notar a poco que se hable con militares: la moral se ha desplomado hasta límites insospechados y es mayoritario el deseo de que se acabe la era Zapatero. Y con ella la del señor-camarada Rodríguez.
Afirmar que las Fuerzas Armadas sufren la peor crisis de su historia reciente no es pecar de alarmismo. Otra cosa es que tan grave situación apenas trascienda a la opinión pública por la mordaza informativa que el Ministerio de Defensa trata de imponer.
El gesto frío del general durante el saludo protocolario al Papa, sin una mueca del entusiasmo que hubiese sido propio de cualquier general con apego a la historia de España, trae a nuestra memoria la décima calderoniana que apelaba al honor como patrimonio del alma y en última instancia a Dios, y no a una ministra catalanista de medio pelo e independentista como su último y definitivo depositario.

En estas dos fotos el gesto de Julio Rodríguez parece mas entusiasta. Como si le fueran mas los ateos, vamos.

                                                                      Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda

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