ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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20/7/11

SEMÍRAMIS

 DIVISIÓN AZUL. EL REGRESO DE LOS PRISIONEROS (año 1954)

En el comienzo del mes de abril de 1954, tenía yo cumplidos los 16 años de edad; y desde hacía algunos días, la ciudad de Barcelona estaba preparando el grandioso recibimiento a los exprisioneros (alrededor de tres centenares) soldados de la División Azul que ya liberados regresaban a la Patria a bordo del “Semíramis”, barco griego contratado al efecto, puesto que el gobierno ruso no permitía atracar, en sus puertos, barcos con bandera nacional de España.
Desde la mañana de la víspera de la llegada, una o dos emisoras de radio tenían como único programa la transmisión de los entusiastas y conmovedores mensajes que se cruzaban entre los tan esperados pasajeros y sus familiares y amigos que les esperaban con incontenible impaciencia deambulando por y entre las engalanadas calles y fachadas barcelonesas. Tiene que haber archivados testimonios gráficos de aquello, así se podría atestiguar lo que ahora digo: Nunca la he visto más hermosa y solidaria, a la siempre hermosa y solidaria ciudad de Barcelona, que en aquella ocasión.
En grandes o pequeños locales comerciales, receptores radio (aún faltaban dos años para que tuviésemos televisión, y algún año más para que tuviésemos las individuales radios de transistores) a todo volumen atraían a los viandantes para conocer aquellas excepcionales muestras de afecto y patriotismo. Desde lejos, podía calcularse la potencia de los altavoces radio de los comercios y talleres, en función del tamaño del apiñado grupo de oyentes que reunían. La emoción ciudadana era incontenible; allí se lloraba y se reía a coro con la profundidad y el ingenio de quienes decían sus mensajes, que casi nunca acababan porque la emoción ahogaba las últimas frases, sobre todo si eran diálogos. De hecho, durante treinta o más horas, en la ciudad los estudiantes olvidamos nuestros deberes escolares, y todo el que pudo eludir su puesto de trabajo no llegó a él. En el mercado de Hospitalet, apenas se podía entrar o salir; pero lo que era un puro milagro era el comprar allí, según decían las amas de casa que se volvían con sus bolsas vacías.
Con algunos de mis compañeros escolares, conseguí “colarme” en la blindada estación marítima y milagrosamente no caer al agua bajo la presión de quienes seguían llegando y pretendían un puesto en primera fila, pues la mayoría de aquellas personas eran familiares, amigos y compañeros divisionarios de los que a la sazón regresaban. Creo que no quedó espacio libre para las comisiones oficiales de recepción, cuyos componentes tenían que adentrarse individualmente por entre la multitud.
Por fin, llegaba el momento esperado; a media tarde, un enorme estruendo de bocinas, de todas las, grandes o pequeñas, embarcaciones habidas en el puerto, anunciaba le entrada del barco de quienes eran considerados más que héroes. A los pocos minutos, se puso a nuestra vista el barco; y aunque iba escoltado por centenares de medianas y pequeñas embarcaciones engalanadas, yo sólo veía aquellas figuras vestidas con uniformes jerséis verdosos y que aguantaban su emoción sosteniéndose unos a otros, a todas luces llorosos.
Atracó el barco –era pequeño, la altura de su borda en algunos puntos permitía escalarla y acceder a la cubierta sin necesidad de escalerilla–, y sin necesidad de escalerilla pusieron pie en territorio patrio (más que nada, sobre los hombros y las cabezas de quienes estábamos para recibirles y no dejábamos libre ni un centímetro cuadrado de suelo) todos cuantos de los pasajeros conservaban agilidad suficiente. Aquello permitió que, con su salida y la de numerosos acompañantes que se iban apiñando en torno a ellos, se redujese algo la aglomeración habida en la estación; entonces se recompusieron las comisiones oficiales (aunque no sé si llegué a verles, creo que estaban presididas por Muñoz Grandes y Esteban Infantes) y se recibió formalmente a quienes mutilados o enfermos habían de bajar o ser bajados por la escalerilla.
En aquel clima de aglomeración, de nervios, emoción desbordante y de dificultad para reconocerse los familiares o amigos (eran muchos los años pasados sin verse ni en fotografía), quien “pillaba” un desembarcado cualquiera lo trataba como si fuera el que estaba esperando y a toda prisa trataba de salir con él de la estación, cuidando de que no se lo quitasen los demás familiares y amigos de exprisioneros, pues era tan asombroso el parecido facial entre todos estos (seguramente, motivado por las duras condiciones soportadas juntos durante tantos años) que verdaderamente resultaba imposible identificarlos sin hablar con ellos y preguntarles su nombre, y, alrededor de cualquiera de los soldados que iban saliendo, iban también docenas de personas que disputaban entre sí, jurando que aquél era el suyo propio.
Puedo presumir de haber estado en la cubierta del “Semíramis”, abrazando a aquellos héroes (los más jóvenes doblaban mi edad) que me anonadaban con la enronquecida voz con la que lo único que querían gritar sin cesar era ¡España!, ¡España!, y con la férrea incontrolable fuerza con la que se abrazaban a quienes, muchos sin saber cómo, nos encontrábamos en la cubierta del barco con ellos. Bueno, creo que muchos fuimos subidos por la presión de quienes desde detrás pretendían subir al barco u ocupar la
primera fila; pues llegó un momento en el que, eran tantos los que ya habían subido y se agolpaban en el lado que daba al muelle, que el barco se inclinó (escoró) del lado de éste y facilitó el poder acceder a él. Después, llegué a pensar que aquellos hombres se abrazaban instintivamente a nosotros, sin mirarnos pues parecía que lo único que pretendían era que toda España les entrase por sus ojos, ya con su mirada recorrían extasiados todo el horizonte, y se nos abrazaban para, así abrazados, sentirse seguros de que nadie podría raptarles y hacerles regresar al infierno en el que durante más de once años habían sufrido cautiverio. No podía saber yo entonces que uno de aquellos héroes, el teniente Francisco Rosaleny Jiménez, veinticuatro años más tarde y siendo él teniente coronel, sería mi jefe, siendo yo capitán.
Luego y ya por referencias, supe que el trayecto hasta la Catedral, en donde se celebraría un Tedeum, estaba bloqueado por la enardecida multitud que quería abrazar a aquellos héroes. Así que el horario previsto y lo demás del programa de recepción quedaron trastocados si no suprimidos.
¡Aquél no fue un buen día para los “vencedores” de la II Guerra Mundial!, que aún deseaban secretamente que la División Azul hubiese luchado a su favor (aunque no luchó contra ellos, si no contra los diabólicos comunistas rusos); y como no había estado con ellos, tales “vencedores” la tenían puesto el veto.
José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

2 comentarios:

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

Mi Coronel menudo honor haber sido subordinado del Teniente Coronel Rosaleny. Aquellos tíos si que sabían mandar.
Me honro en haberlo conocido un verano de 1978 ó 79 en Noja (Santander). Su sólo nombre imponía a un cadete de entonces. Me pregunto si ahora los CC,s conocen lo mas mínimo de nuestra reciente y gloriosa historia militar

José Antonio dijo...

El tiempo corre que vuela; la vida pasa, y con su paso las personas vamos pasando también; mientras unas van llegando a la vida, otras se van yendo de la vida. Pero todo ello forma parte de la ley de la vida, forma parte de la Ley de Dios. Quienes se van yendo, tan sólo se llevan consigo su alma, en la que están fiel y nítidamente grabadas todas sus vivencias (para revivirlas eternamente ante Dios y ante todas las demás almas habidas). Quienes van llegando, no se encuentran con las manos vacías, reciben la herencia que hayan acumulado y les legan sus predecesores; de manera genérica, podremos decir que la herencia común que reciben quienes llegan a la vida es la patria.

Vistos desde la altura de nuestros días, aquellos españoles que en su momento sintieron que el bien de la Patria necesitaba del supremo sacrificio de muchos de sus hijos, y solicitaron un puesto en las filas combatientes de la División Azul, que había de dar ejemplo de humanidad y hombría de bien en medio de la genocida y aniquiladora guerra mundial que amenazaba con reducir la Humanidad a una zoológica y atea existencia. Aquellos españoles, muchos de los cuales entregaron su vida o se cubrieron de mutilaciones o enfermedades crónicas de por vida o perdieron la libertad por más de once años, lo hicieron para que la Humanidad no perdiera sus vitales fundamentos ideológicos capaces de permitirle acudir a la llamada de Dios. Y lo hicieron también para contribuir a dar más sólido fundamento a la Patria de todos los españoles, habidos o por haber.

Los soldados que regresaron vivos de aquella guerra, se reintegraron a la sociedad española; unos a la actividad civil y otros a la actividad militar; y, por ley de vida, muchos de ellos han ido entregando su alma a Dios, de manera natural o accidental contingente. La sociedad española les reconoció como pudo su sacrificada entrega al bien común; pero quien les paga a todos con toda justicia y prodigalidad es Dios.

De entre todos aquellos heroicos españoles voluntarios en la División Azul, a quienes considero deber mío el dedicarles con todo mi afecto y con carácter colectivo el artículo al cual va anexo este comentario, quiero destacar a uno de ellos, muy vinculado a nuestro Cajón de Sastre (por ser el padre de nuestro compañero poeta, Gonzalo), y que entregó su vida en un generoso acto de servicio para con la respetable memoria del ya difunto anterior Jefe del Estado, Francisco Franco.

Con todo mi afecto, dedico de modo expreso el artículo a José Rodríguez Colubi, quien en el empleo de Teniente combatió en Krasnybor mandando el tercer Escuadrón (su Capitán, Domínguez Manjón, había sido evacuado por tiro en el cuello) mandando el tercer Escuadrón del Grupo de Exploración 250.

En el momento de su fallecimiento, José Rodríguez Colubi era Coronel del Arma de Caballería, y había sido el último Ayudante de ese Arma que tuvo el Generalísimo.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M