ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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6/3/11

Sargento de Infantería Rousseau-Dumarcet


La Cabo Faye Turney, traicinó a su Ejército y a su Patria. El Sargento Rousseau de la Infantería española escribió una carta abierta que se publicó en la revista “Fuerzas de Defensa y Seguridad” nº 350 Junio de 2007.
A excepción de la primera foto de la Cabo Turney, las demás no son de los protagonistas, pero si relacionadas, y de la gloriosa Infantería española. 

 Carta abierta a la cabo Faye Turney
 


MARTES 3 DE JULIO DE 2007
Publicada en la revista “Fuerzas de Defensa y Seguridad”
nº 350 Junio de 2007

El deber de un militar (hombre o mujer, porque dentro de la milicia no hay discriminación respecto a los deberes y obligaciones) consiste, resumidamente, en combatir allá donde nuestra Patria nos lo exija. Punto. Y el deber de nuestro Gobierno es ocuparse de nuestros hijos si caemos. Punto.

Pero por lo visto tú debiste firmar un contrato diferente. Según se desprende de las cartas y entrevistas con que nos obsequiaste desde tu jaula de oro en Irán, tu deber como militar británica destinada en Irak consistía en colaborar servicialmente con el enemigo, sin ni siquiera la excusa de haber sido torturada; humillar públicamente y ante el mundo entero a tu país, ejército, uniforme y bandera; difamar la labor de tus camaradas en Irak; injuriar a tu gobierno que nunca te ha abandonado; y, lo peor, avergonzar a tus compatriotas que se baten el cobre (y mueren) en las arenas del desierto.

Dices que lo hiciste para volver a ver a tu pequeña Molly, pero tú sabes bien que no te pagan por amar, cuidar y ver a tu hija. Te pagan por defender los intereses de tu país, con armas si en el frente y con honor si en prisión. De tu hija ya se ocupará la Nación si tú faltas.

En nuestra profesión es importante saber priorizar. Hay que saber hasta dónde se está dispuesto a llegar, porque se corre el riego de traicionar a los tuyos. Es cuestión de sinceridad con uno mismo. Si por sus hijos una mujer es capaz de cualquier cosa, entonces no puede ocupar cualquier lugar. Es muy legítimo lo primero, pero ambas cosas es irresponsabilidad.

Al alistarte voluntariamente en las fuerzas armadas te expusiste conscientemente al combate, a caer prisionera y a tener que priorizar entre ser madre y ser guerrera. Pero muchacha, tenías que haber escogido antes, mucho antes. La maternidad es algo muy hermoso. De veras que lo es. Y si para ti la maternidad estaba por encima de tu deber como militar, entonces no deberías haberte alistado (o por lo menos no en una unidad combatiente). Pero lo hiciste, firmaste y juraste. Y traicionaste.

Te preguntarás por qué te escribo yo, un español. Te lo diré. Porque tu miserable actuación no sólo ha puesto en tela de juicio a todos los militares británicos, porque con tu notoria y difundida cobardía nos has defraudado a todos, porque con tu innoble proceder has fallado a Occidente.

No compararé tu lamentable papel (ya lo hacen muchos ahora) con el de los trescientos espartanos en el paso de las Termópilas. Es tentador argumentar que si los hombres de Leónidas hubieran sido como tú, probablemente habrían asesinado a su rey para ganarse el favor de los persas y hoy, marinera de agua dulce, estaríamos todos rezando en farsi arrodillados hacia La Meca. Tampoco evocaré a Nelson, Wellington o Montgomery, que también son muy nombrados estos días para abochornarte. No. Me limitaré a recordarte un par de nombres, mucho más cercanos. El primero es Johnson Gideon Beharry. El público español no sabe quien es, pero tú sí, ¿verdad? No, no agaches la cabeza, mírame. ¿Cómo ibas a olvidar al soldado Beharry, del primer batallón del Real Regimiento de la Princesa de Gales? ¿Cómo olvidar a ese muchacho que en 2004 y con sólo 24 años recibió la máxima condecoración al valor que otorga tu país, la Cruz Victoria? Y precisamente en Irak, donde tú te has cubierto de gloria. ¿Te acuerdas cómo con extraordinario coraje salvó por dos veces la vida de sus compañeros, haciendo caso omiso del intenso fuego enemigo que acabó hiriéndole gravemente?

Pero Beharry fue el penúltimo en recibir esa distinción, ya que hace unos meses tu reina entregó la última Cruz Victoria a la viuda de otro compatriota tuyo, del tercer batallón del Regimiento Paracaidista. Bien sabes su nombre: Bryan James Budd. ¿Recuerdas su hazaña en Afganistán? Claro que sí, en tu ejército no se habla de otra cosa. El cabo Budd tenía 29 años cuando su patrulla cayó bajo el fuego cruzado de numerosos talibanes. Inferiores en número, sin dónde cubrirse y con el enemigo disparándoles como a patos de feria, estaban siendo masacrados. Sabes lo que hizo Budd entonces, ¿verdad? Ordenó a sus compañeros que se replegaran con los heridos, se levantó y se lanzó al asalto en solitario, a la carrera, fusil en mano, como si de una carga del siglo XIX se tratara. Fue la última vez que se le vio con vida. Llegaron refuerzos y helicópteros y sus camaradas pudieron ir a por él. Y le encontraron. Muerto, junto a los cuerpos sin vida de tres terroristas. Estaba casado, como tú. Tenía una hija de tres años, como tú. Y su mujer estaba embarazada de ocho meses cuando murió… Pero no se excusó en sus hijos para no cumplir con su deber. Tú sí.
Como cabo, eras la sexta en antigüedad de los quince detenidos. Tenías pues una responsabilidad añadida de ejemplo y guía hacia los nueve soldados y marineros bajo tu “mando”. Buen ejemplo les diste. Pero sé que la culpa no es sólo tuya. Más culpables son los dos oficiales (un Teniente de Navío y un Capitán) que estaban presos contigo, y cuyo deber era exigir de todos vosotros un comportamiento honorable y digno frente a vuestros captores. Pero no lo hicieron. Y más culpable aun es tu Gobierno, que no sólo no os juzga por delito de alta traición, sino que os ha permitido enriqueceros con vuestra ignominia.

Sólo me queda esperar que tu preciosa hija, Molly, cuando crezca y sepa lo que hiciste, se avergüence de ti y te desprecie. Como todos.

Bruno Navarro Rousseau-Dumarcet.
Sargento de Infantería





Una Alférez de navío de la Armada contesta


Buenos días.
Soy la alférez de navío Carmen X, Militar de Complemento del Cuerpo General de la Armada
desde 1996. Estoy destinada en el Estado Mayor de la X de X  en la Sección de Organización. Soy licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra desde 1995. Tengo 34 años, estoy casada, tengo cinco hijos y espero el sexto. Mi destino no es operativo, por el momento... No tengo que discriminar mi situación de madre de familia numerosa en contraposición a mi puesto de mando en la Armada Española… pero sabría muy bien qué elegir en caso de alternativa y sin ningún tipo de remordimientos.

Sé de sobra qué me importa en la vida.
Le cuento todo esto, a título personal, ya que me he quedado alucinada tras leer su carta a la cabo Turney
transcrita en la revista FUERZA NAVAL. No sabía que usted fuera el juez de las causas patrióticas británicas, que con su sobrada experiencia de MADRE pudiera dar consejos a las que realmente lo son, que su inabarcable participación en situaciones de crisis en medio de conflictos armados le dieran carta blanca a la hora de cuestionar las acciones de los compañeros…

No conozco los pormenores, ni me importan, de la Gloriosa Historia de la Marina Británica en combate; no me interesa lo más mínimo qué hizo la cabo Turney.
Sí le puedo recordar la "maravillosa" situación actual de este país, antes llamado España en la que los propios españoles son los que cuestionan su identidad, su bandera y su razón de ser… Eche un vistazo a la calle… y lo que hay en la calle lo hay en nuestros Ejércitos y Armada… ¿Y el patriotismo, sargento? Que no nos manden a la guerra porque me temo que se quedaría manco de escribir sus moralinas…

Ignoro si la cabo ha tenido ganas de contestarle (espero que no haya perdido el tiempo en esto), pero confío que en su fuero interno perdone su actitud quijotesca y tremenda desfachatez. Y a usted, sin más, le aconsejo que se ocupe de lo suyo, de su familia, destino y de esta España que se nos muere antes de estar por ahí dándole lecciones morales a nadie…
¡Ah! Se me olvidaba yo no me avergüenzo de la cabo Turney y siento decirle que no soy la única…

AN CG (MC) CARMEN X


EL SARGENTO ROUSSEAU RESPONDE A LA OFICIAL





Los puntos y las íes.
A sus órdenes, mi Oficial,

Fue mi artículo “Carta abierta a la cabo Faye Turney”, publicado en las revistas militares “Fuerzas de Defensa y Seguridad” y “Fuerza Naval”, el que motivó la indignada carta que me envió usted por correo electrónico Lotus Notes hace unos días. He aquí mi respuesta. No le he contestado antes por varias razones: las características de mi trabajo en la Unidad en la que sirvo me impiden tener acceso diario o continuo a este medio; mis actividades me mantienen ocupado en el “campo” durante la jornada laboral, además de dedicar mucho de mi tiempo libre a mi oficio; la extremada longitud de esta respuesta exige más de un rato al ordenador; y por último y no menosimportante, escribirle a usted no ha sido estos días, desde luego, mi prioridad.

Pronto comprobará que no soy clemente con usted. Y es que el tono de mis palabras sería otro si no fuera por dos poderosas razones que me impiden dirigirme a usted cordialmente.

Primera. Una persona respetuosa se hubiera limitado a rebatir mis opiniones argumentando en contra, pero
usted va más allá, negándome el derecho a opinar, a expresarme libremente. Mire usted, el comportamiento,
actos, cartas y entrevistas de la cabo Turney durante su cautiverio dieron la vuelta al mundo al ser publicitadas por el gobierno iraní y por la misma Turney. Se trata, pues, de actividad pública no política de un funcionario extranjero, lo que me da perfecto derecho a opinar sobre ello de manera igualmente pública. Que a usted, presumiblemente demócrata y licenciada en Ciencias de la Información, le moleste no ya lo que opine sino el hecho en sí de que opine, se me antoja escandaloso.

Segunda. Mi artículo seguía la fórmula periodística de “carta abierta”, cuyo objetivo no es que la lea la persona a la que va teóricamente dirigida (para eso se la enviaría por correo) sino el público en general. Eso debería saberlo, licenciada. Y mi tono áspero y duras palabras hacia la interfecta me los permite el hecho de que cometió actos públicos indignos, no siendo miembro de mi nación ni de mis Fuerzas Armadas. Bien, pues por todo lo expuesto usted podría haber enviado una “carta al director” de la revista para ser publicada y así rebatirme públicamente, pero en vez de eso tiene la osadía de responderme de forma personal, utilizando mi correo electrónico y empleando de principio a fin un tono autoritario y agresivo, rematado con expresiones burlescas y ofensivas. Sus palabras no son dignas de un Oficial de la Armada.


Expuestas ya las razones por las que en estas líneas no encontrará usted más respeto que el que me imponen las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas en su artículo 38 (“Respetará a todo superior con independencia del Ejército, Cuerpo, Arma o Instituto al que pertenezca”), proseguiremos el estudio de su carta.


Y digo estudio porque no le miento si le aseguro que he tenido que releerla numerosas veces y meditarla con serenidad para entenderla. Sin éxito. Y es que más que una carta redactada conforme a una introducción que marque el objetivo, un cuerpo que desarrolle las ideas principales y secundarias, unas conclusiones que se deriven de esas ideas, unas oraciones agrupadas inteligentemente en párrafos… más que una carta, digo, me ha enviado usted una acumulación desordenada de frases y diatribas mal redactadas, sin conexión entre sí y en ocasiones sin sentido. Es usted muy valiente al decirme, aunque sólo lo hiciera por vanidad, que es Licenciada en Ciencias de la Información. Tras doce años en el colegio Retamar, conozco lo suficiente del Opus Dei como para saber que la Universidad de Navarra prepara excelentemente a sus alumnos. Desde luego usted es la prueba de que siempre hay ovejas negras, mi Oficial.

Pero vayamos más allá y juguemos a las adivinanzas, a ver si averiguo qué estudió exactamente. En aquella
época la carrera de Ciencias de la Información tenía tres especialidades, que hoy son licenciaturas
independientes pero entonces no. Todos los que entonces se especializaron en Periodismo lo dicen claramente o, para abreviar, se definen directamente como licenciados en Periodismo, lógico por cuanto transmite más prestigio. Luego no fue esa su especialidad, ¿verdad? Eso sin tener en cuenta que si fuera periodista habría comprendido mi artículo e incluso habría sido capaz de escribir una respuesta coherente. ¿Publicidad entonces? Los publicistas aprenden a estudiar un producto, ver sus puntos débiles y fuertes, preparar una estrategia de comercialización y convencer a la gente… cualidades todas ellas de las que usted carece por completo, ya que su carta es errática y desde luego no convencería ni a la misma Turney. Luego sólo nos queda Imagen y Sonido.


Ya que no se precisa ni lo uno ni lo otro para escribir tantas tonterías, me atrevería a apostar por esta opción.
¿Acerté? No me responda, era sólo un pasatiempo y, además, me da igual.
Pero sigamos. Ya desde sus primeras líneas se advierte que no se ha enterado usted absolutamente de nada. Una de dos, o en vez de leer mi artículo lo ha ojeado, o carece de las mínimas capacidades intelectuales para entenderlo. O peor aún, obsesionada con la discriminación de la mujer,

cegada por su fanatismo feminista y engreída en su condición de militar y madre de extensa prole, ha entendido lo que ha querido entender. Sólo así se explicaría que no dé pie con bola.

Procedo a continuación a la complicada tarea de descomponer y analizar las principales “perlas” de su libelo. Citaré en varias ocasiones las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas ya que, según se desprende de sus afirmaciones, no parece conocerlas en absoluto. Y es extraño, por cuanto “constituyen la regla moral de la Institución Militar” (art. 1). No solamente son de obligado estudio en las Academias, sino que “[todo militar] deberá conocer y cumplir exactamente las obligaciones contenidas en las Ordenanzas” (art. 26) y “se considerará muy grave cargo para cualquier militar, y muy especialmente para los que ejerzan mando, el no haber dado cumplimiento a las Ordenanzas” (art. 80). Le aconsejo que ponga un ejemplar sobre su mesilla y que, al acostarse cada noche tras besar en las mejillas amorosamente a sus retoños, lea detenidamente algunos de sus 224 artículos, verdadera poesía inspiradora de nuestro día a día. Empecemos:

“Mi destino no es operativo, por el momento… No tengo que discriminar mi situación de madre defamilia numerosa en contraposición a mi puesto de mando en la Armada Española.”

Miente. Cierto es que su actual destino hace menos probable que se vea en esa tesitura, pero desde luego sigue siendo posible y debe estar preparada para ello… como todos nosotros. Y si no, no haberse alistado. Todos los militares, incluidos aquellos que pasarán su carrera armados de bolígrafos, llaves inglesas o trompetas, reciben instrucción de combate. Quizá usted se lo tomó (no es la única) como un campamento juvenil, como un mal trago que hay que pasar, un mal necesario ilógico y rancio… pero se trata de una preparación real por si llega el caso, de ahí que “será inquietud constante de todo mando la preparación para la guerra” (art. 143). Y lo peor es que usted, como Alférez de Navío, tendría que dirigir hombres en el combate. Supongo que pensó que eso no va con usted, tan madre, así que se reiría al leer aquello de que “[el militar debe tener] constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga” (art. 31) y se desternillaría con lo de “[todo militar se esforzará en que la unidad en que sirve] merezca ser designada para las más importantes y arriesgadas misiones” (art. 4) .
Sabe tan bien como yo que a lo largo de la historia infinidad de militares (y civiles) que se creían a salvo en
cómodas oficinas lejos del peligro, se encontraron de la noche a la mañana en los escenarios más brutales y
teniendo que discriminar. Unos asumieron que “la defensa nacional es deber de todos los españoles” (art. 4) y se convirtieron en héroes… otros en cobardes. Usted ya ha decidido lo que va a ser, y me lo confiesa con
insensato orgullo en su siguiente “perla”…

“Pero sabría muy bien qué elegir en caso de alternativa y sin ningún tipo de remordimientos. Sé de sobra qué me importa en la vida.”

¿Y qué le importa en la vida, mi Oficial? Es ridículo que me escriba una carta criticando mi opinión y no me dé la suya. No me venga con misterios. Dice que sabría muy bien qué elegir. ¿Eso qué significa? ¿Por qué no me lo dice? Bueno, creo que no hará falta, voy a probar a adivinarlo. Veamos las dos alternativas si algún día se encuentra en una situación de combate en la que puede morir o ser capturada.
Puede usted cumplir con su deber como ser humano, mujer, madre, cristiana, española y militar; puede usted
hacer honor a lo que juró ante Dios aquel día hace ya once años (¿se acuerda de su Jura de Bandera, mi Oficial, o consiguió eludirla?) en el que aceptó voluntariamente que “el juramento ante la Bandera de España es un deber esencial del militar; con él se contrae el compromiso de defender a la Patria aun a costa de la propia vida” (art. 20); puede usted admitir que “estar siempre dispuesto a defender a la Patria, incluso con la ofrenda de su vida cuando fuera necesario, constituye el primero y más fundamental deber de todo militar” (art. 186); puede usted acatar “el exacto cumplimiento del deber inspirado en el amor a la Patria y en el honor, disciplina y valor” (art. 1)… y todo ello llevándole en última instancia al sacrificio de su vida o su libertad, como tantos millones de españoles que a lo largo de la historia antepusieron sus nobles ideales a su familia (incluyendo a nuestros más recientes caídos en las distintas zonas de operaciones). Pero dudo que éste fuera el mensaje cifrado que me quiere transmitir, ya que entonces estaríamos plenamente de acuerdo y usted no me habría puesto verde.
Lo que le debería “importar en la vida”, antes que sus hijos, es que “las Fuerzas Armadas están exclusivamente consagradas al servicio de la Patria” (art. 2). Pero todo indica, pues, que escogería la otra alternativa, la de la cabo Turney, la de hacer todo lo posible, sin miramientos de ninguna clase, por volver sana y salva con sus hijos (a los que daría el peor de los ejemplos) convirtiéndose en una indigna perjura, una rastrera desleal, una patética cobarde y una infame traidora. ¿Eso sería usted, mi Oficial?

“Mi destino no es operativo, por el momento.”


Y espero, por el bien de la Armada, que nunca lo sea.

“Me he quedado alucinada tras leer su carta.”

Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “Alucinada = trastornada, ida, sin razón.” Pues eso.

“No sabía que usted fuera el juez de las causas patrióticas británicas”

Y no lo sabía porque sabe usted muy poquitas cosas, mi Oficial. No he defendido ninguna “causa patriótica
británica” (aunque estoy en mi derecho de hacerlo, por mucho que le pese), tan sólo he criticado la actuación de un individuo. Y no. No soy juez ni británico. Pero soy humano y por tanto me distingo del resto de los animales, entre otras cosas, por mi capacidad de razonar. El razonamiento lleva (tras observar, escuchar y leer) a analizar, reflexionar, juzgar y opinar y también, si se trata de ideas encontradas, a debatir, discutir o refutar.
¿Sobre qué asuntos? Pues prácticamente sobre todos. ¿O sólo pueden opinar de la cosa pública los políticos, de balompié los futbolistas o de escotes las mujeres? No soy británico, gracias a Dios, pero puedo opinar sobre actos cometidos por ciudadanos británicos, como Enrique VIII, Jack el Destripador o Tony Blair. Yo he cumplido con mi naturaleza humana y usted no, que no ha observado, escuchado ni leído antes de emitir una opinión… incluso me niega el derecho a opinar sobre asuntos de la Pérfida Albión.

“No sabía que con su sobrada experiencia de MADRE pudiera dar consejos a las que realmente lo son.”

¿Recuerda usted haber leído en mi artículo el sustantivo “consejo” o el verbo “aconsejar”? Bueno, reléalo y
verá que… ups… no. Qué metedura de pata, ¿verdad? No se preocupe, mi Oficial, ya van varias y me temo que ésta no será la última. Y es que a la infame Turney no le doy ningún consejo, me limito a reprobarla ferozmente.
Es usted la que, acusándome aquí de dar consejos, tiene más adelante la caradura de propinármelos… ya
llegaremos, ya. Pero ya que saca el tema, hablemos de las madres o, como dice usted, las MADRES (¿pretendía aumentar mi bochorno con esas enigmáticas mayúsculas?) En mi carta abierta expreso con claridad la idea de que se puede ser madre y militar, al igual que se puede ser padre y militar. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿no? También afirmo que en caso de tener que elegir entre cumplir con los deberes castrenses arriesgando la vida o la libertad, o cumplir con los deberes familiares volviendo sano y salvo, la única opción moralmente aceptable para un militar es la primera. Eso al menos se nos enseña. Y aquí es donde parece que no estamos de acuerdo, donde todo un Oficial defiende la cobardía. No sé, quizá es usted de la quinta de Turney y firmaron juntas el mismo contrato apátrida, o puede que mientras gritaba el “¡Sí, juramos!” cruzara los dedos discretamente…
Mire, mi Oficial, yo no doy consejos a las madres. Les recuerdo su deber cuando lo han olvidado. No el deber según el Sargento Rousseau, no, sino el deber según las Reales Ordenanzas. Que la cabo Turney tenga un hijo y usted cinco y otro en camino no afecta a su deber frente al enemigo. ¿Cuántos millones de españoles han muerto en combate a lo largo de la historia dejando huérfanos tras de sí? ¡Ah, sí, perdón, casi todos eran sólo padres! Como ya dije en mi artículo, si se tienen otras prioridades que el cumplimiento del deber, no debe uno alistarse. Es así de simple. No es una cuestión personal. Cuantos más hijos dejemos atrás, más valor tendrá nuestro sacrificio ante los ojos de Dios y de los hombres, pero nunca la Patria nos eximirá de nuestras obligaciones.
Y por favor, como ya le dije en la “perla” anterior, no me venga de nuevo con ese lamentable argumento de que opinen de las madres sólo las madres. Según usted, de mí sólo puedo opinar yo… ¡y vaya como me ha puesto en un momento!

“No sabía que su inabarcable participación en situaciones de crisis en medio de conflictos armados le dieran carta blanca a la hora de cuestionar las acciones de los compañeros.”



No le preguntaré qué narcótico le hace pensar que una cabo de la Armada británica es “compañera” mía…aunque… bien mirado no estaría mal, ya que entonces Nambar Enkhbayar, Presidente de Mongolia, también losería. De hecho, todos los habitantes del planeta… qué digo planeta… ¡universo!... serían compañeros míos. ¡Qué emoción!
De nuevo utiliza usted la ironía y el sarcasmo para atacarme. No me quejo, como habrá observado yo

 también lo hago. Pero en esta ocasión ha demostrado que además de ignorante y tibia es absolutamente imprudente: se permite el lujo de insinuar mordazmente que no tengo experiencia en “situaciones de crisis en medio de conflictos armados”. Bien. Si utilizara usted su despacho como es debido, sabría que Lotus Notes permite conocer el destino de aquellos militares a quienes se dirige en un correo electrónico, averiguando de este modo que estoy destinado en el Grupo de Operaciones Especiales “Caballero Legionario Maderal Oleaga” XIX. Este pequeño dato debería de haber sido suficiente para autocensurar su lengua, si conociera un poco el sistema de rotaciones en zonas de operaciones y el carácter de las misiones de mi Unidad allí.

Claro que mucha boina verde pero yo podría estar como usted, en una oficina, que aquí también las hay y quizá algún día me toque a mí. Y con orgullo, que en esta gran familia que son las Fuerzas Armadas todos los puestos son respetables y necesarios para ganar las guerras (aunque en su caso tengo dudas). Pero va a ser que de oficina nada. No le aburriré con mi currículo, destinos, cursos y demás. Sólo le diré que empecé en esto de defender a la Patria cuando usted entraba en la universidad, hace diecisiete años, que formo parte de un Equipo Operativo, que acabo de volver del Líbano y que en breve marcho siete meses a Afganistán. Además, en una época de mi vida en la que dejé temporalmente el Ejército, combatí en un par de guerras (Croacia y Bosnia) como voluntario bajo la bandera croata, cuestión de ideales, de ayudar a los buenos, qué le voy a contar. Como ve, a diferencia de usted he estado en “conflictos armados” y en “situaciones de crisis”, mi Oficial, así que las bromitas sobran. Debería darle vergüenza. Aún así, procurando una difícil humildad que a usted desde luego no le sale, no me considero con más “carta blanca” para criticar cuestiones de combate que otro, incluso que usted.

Y no entraré a defender por enésima vez el derecho de todo ciudadano a cuestionar las acciones de un cobarde.
Ya me cansa.

“No conozco los pormenores, ni me importan, de la Gloriosa Historia de la Marina Británica en
combate.”


Aquí es donde empecé a reírme. ¿Y si esta carta es de guasa? ¿Y si se trata un amigo tomándome el pelo?...
Lamentablemente no es así, y usted ha escrito esta asombrosa frase totalmente en serio.
Cuando menciona pomposamente la “Gloriosa Historia de la Marina Británica en combate”, sinceramente no sé a qué se refiere. Por más que releo mi artículo, no encuentro ninguna mención histórica relativa a la Armada


británica. Únicamente cito al almirante Nelson (mi única referencia “naval”) junto a los generales Wellington y
Montgomery, pero sin disertar sobre ellos. Sí me explayo con otras acciones terrestres, como las Termópilas o los combates de los dos últimos receptores de la Cruz Victoria. Deje de balbucir incoherencias, por favor.
En todo caso, es reveladora su falta de interés por la historia militar de nuestros aliados y antiguos enemigos. Es usted el primer Oficial de la Armada al que oigo jactarse de su indiferencia y hostilidad hacia el conocimiento de la que fue la Marina de Guerra más poderosa del mundo, y que aún hoy es temible. Pero dejando aparte que la arrogancia de sus palabras roza la negligencia profesional, ¿a qué viene el contármelo? No sé qué le hace creer que su ignorancia e indolencia son un argumento en mi contra. No doy crédito, le juro que estoy perplejo (que no alucinado).

“No me interesa lo más mínimo qué hizo la cabo Turney.”

Aquí es donde empecé a llorar… ¡Me lo pone demasiado fácil! No solamente hace ascos a la historia naval,
sino que además le importan un bledo los pormenores del asunto que se permite criticar. O sea, que usted lee mi artículo, se cabrea y me escribe airadamente saliendo en defensa de la persona objeto de mis críticas,
escudándola cual paladín medieval y llegando a afirmar que no se avergüenza de ella… ¡¡¡pero ignora quién es y lo que hizo!!! Si la apología de la estulticia fuese delito, a usted le habría caído la perpetua.
Por otra parte, las imágenes, entrevistas y cartas de la cabo Turney dieron la vuelta al mundo. Como no tiene
usted la excusa de haber estado embarcada en aquella época, debe ser que lo de estar al corriente de la actualidad política le trae al fresco. Puesto que a usted no le interesa lo que hizo la aludida, no seré yo quien se lo diga. Acuda a las hemerotecas.
Sí que le diré lo que no hizo: cumplir con sus Reales Ordenanzas. No las españolas, que usted tanto desconoce, sino las inglesas. Ignoro el nombre que reciben en Gran Bretaña y el contenido de las mismas, pero puedo aventurar sin temor a equivocarme que las normas morales de los ejércitos del mundo occidental son similares en lo básico. No sé qué artículos del código de conducta anglosajona quebrantó Turney, pero sí sé cuáles de los nuestros habrían pisoteado tanto ella si fuera española (¡Dios nos libre!) como usted, mi Oficial, si cayera en manos del enemigo, empezando por el deber del cabo de “[inculcar] al soldado o marinero la disciplina y demás virtudes militares” (art. 66). También contravendría usted, imitando a su amiga, el precepto de que “en el caso de caer prisionero, todo combatiente tendrá en cuenta que sigue siendo un militar no sólo en su comportamiento con el enemigo, sino también ante sus compañeros de cautiverio (…) No aceptará del enemigo ningún pacto ni favores especiales” (art. 141). Por último y sin ánimo de ser exhaustivo, se negaría usted, animado por la cabo, a cumplir la orden de que “si cayera en poder del enemigo, sólo estará obligado a facilitar el nombre, categoría, filiación y fecha de nacimiento. Empeñará todos sus recursos para evitar responder a otras preguntas. Hará todo lo necesario para evadirse y ayudar a que sus compañeros lo hagan” (art. 142). Son ustedes dos la flor y nata de la OTAN. Vamos, digo yo.

“Sí le puedo recordar la ‘maravillosa’ situación actual de este país, antes llamado España en la que los propios españoles son los que cuestionan su identidad, su bandera y su razón de ser... Eche un vistazo a la calle… y lo que hay en la calle lo hay en nuestros Ejércitos y Armada…”

De nuevo balbucea usted frases inconexas, ideas inarticuladas, pensamientos peregrinos… España tiene sus
propios problemas, es verdad, y probablemente yo esté de acuerdo en los que usted cita… ¿Eso me inhabilita para criticar problemas de otro país? ¿Debo escribir sólo acerca de nuestra desgraciada Patria? ¿Por qué sabeque no lo he hecho y lo hago?
¿Y el patriotismo, sargento?
Eso digo yo: ¿Y el patriotismo, mi Oficial? Me parece bochornoso que se atreva a darme lecciones de patriotismo, usted, que pisotea nuestra vocación militar; usted, que arrincona nuestras Ordenanzas; usted, que menosprecia el honor y el deber; usted, en fin, que trata a la Patria como a una ramera.
Ejerzo mi patriotismo día a día en el oficio de las armas, en paz y en guerra, y también lo ejercí en el pasado
como ciudadano coherente y responsable, con militancia política activa. No vuelva a dudar de mi patriotismo, mi Oficial, porque quizá usted no pero algunos lo consideramos una ofensa grave.

“Que no nos manden a la guerra porque me temo que se quedaría manco de escribir sus moralinas…”

Quizá usted ignore, en su oficina feliz, que ya nos han mandado a la guerra. Soldados españoles combatieron en Perejil y en Irak y combaten ahora en Afganistán. Nuestra gente está ya fogueada en el arte de la lucha, de “pegar tiros”, de matar… ¡y de morir!… y lo han hecho y lo hacen admirablemente, sin que nadie tenga que reprocharles nada ni escribirles moralinas. Esta “perla” suya es, con diferencia, la más indecente de todas.

“Ignoro si la cabo ha tenido ganas de contestarle (espero que no haya perdido el tiempo en esto), pero confío que en su fuero interno perdone su actitud quijotesca y tremenda desfachatez.”


No, la cabo no me ha escrito, supongo que por dos razones: primero, porque siendo un artículo de la prensa
española no le habrá llegado (y con bastantes artículos similares tiene que lidiar en su propio país); y segundo, porque aunque sea una cobarde y una traidora no creo que sea tan tonta como para atacarme sabiendo que no tiene argumentos… ups, pero si eso lo ha hecho usted…
En cuanto a mi “actitud quijotesca”, acudamos de nuevo al siempre edificante Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, el cual define a un quijote como un “hombre que antepone sus

ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo”, así que le agradezco sinceramente el elogio.
Pero en lo tocante a mi “tremenda desfachatez”… tremenda es su insolencia, mi Oficial, así como su falta de
nobleza de espíritu. Viva con ello si puede.

“Y a usted, sin más, le aconsejo que se ocupe de lo suyo, de su familia, destino y de esta España que se nos.muere antes de estar por ahí dándole lecciones morales a nadie…”

¿Y qué es lo mío? ¿Usted lo va a decidir? ¿No debo opinar, hablar o escribir sobre moral militar? ¿Es una
orden? Le recuerdo que “el hablar pocas veces de la profesión militar, [es prueba] de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas” (art. 72). Y sí, España se nos muere, mi Oficial… gracias a individuos como usted.
“¡Ah! Se me olvidaba yo no me avergüenzo de la cabo Turney y siento decirle que no soy la única.”

Hay un proverbio chino del siglo IV de nuestra era que dice: “Los necios y los defensores de la cabo Turney
viajan juntos.” A sus órdenes.

BRUNO NAVARRO ROUSSEAU-DUMARCET
SARGENTO DE INFANTERÍA
 
 
ÚLTIMA CARTA




Buenos días.
Soy la Teniente Interventor Belén González Moreno, novia del Sargento Rousseau desde hace doce años. No te escribo para defenderle, eso lo hace muy bien sólo. Lo hago para explicarte el sentido de su artículo.
El sargento, por el motivo que sea, te ha parecido un imbécil, y tú, ni corta ni perezosa, has decidido escribirle sin haber comprendido lo más mínimo, sin haberte molestado en conocer la historia de la que trata, sin tener nada que ver un párrafo con otro, y lo que es peor, nada de lo que dices guarda relación con la carta abierta a la cabo Turney. Tampoco has perdido tu tiempo en averiguar en qué unidad está ni en que operaciones o misiones ha participado. A esto se le llama una buena labor de documentación, de investigación y de relación. Todo ello sin justificar tu desacuerdo con argumentos y razones.

¿No te enseñaron todo esto en cinco años de carrera? Me sorprende enormemente, dado que cualquier persona de nuestra generación aprendió en la escuela a realizar simples comentarios de texto, y tú, que dices ser Licenciada en Ciencias de la Información, te descuelgas con toda esa basura carente de sentido y realidad…
Tú, sencillamente, te has sentido ofendida sin ser capaz de explicarte ni a ti misma el porqué, y te ha resultado más cómoda la ironía, el desprecio y la desvergüenza.


No obstante, y aunque resulte difícil, esto no es lo peor de tu carta. Dime, ¿qué es exactamente lo que te legitima para cuestionar el patriotismo de Rousseau? Tu labor de recogida de datos, ya has demostrado sobradamente que no puede ser.
Precisamente es su elevado sentimiento de Patria lo que le provocó el enojo hacia Turney. Claro que, quizás,
también alguien debería de contarte que igual de patriota es o debe ser un inglés con su país que un español con España, y que la Patria no es un


concepto que nos corresponda a nosotros en exclusiva, por mucho que España esté dejando de serlo. 
Quisiera conocer también el porqué de ese tono despectivo que utilizas. ¿Es por tu mayor empleo? ¿Es porque tienes capacidad para concebir y él no?
Creo que tienes un grave problema de aprendizaje, porque no sólo no aprendiste demasiado en Navarra, sino que en Marín nunca llegaste a comprender la buena educación, modales y cortesía que imperan en la Armada.
Y por último, y esta es la razón principal por la que te escribo, intentaré ayudarte a comprender el texto que tan descaradamente has criticado, ya que está visto que por ti sola no te has enterado de nada.
Existen diversas formas de servir en las Fuerzas Armadas. Hay destinos que pueden conducir a una mujer (y a un hombre también, pero aquí hablamos de y entre mujeres) a tener que elegir con mayor frecuencia entre familia y Patria. Me refiero al cumplimiento exhaustivo de los deberes para con la Patria, sin titubeos ni cobardías. Turney ocupó uno de ellos, y lo que le ocurrió a esta Cabo no es ninguna historia extraña dadas las circunstancias en las que se encontraba.
Tal y como dices, no tienes un puesto operativo… por el momento. Resulta fácil suponer por tanto que puedes tenerlo en un futuro. Y quien sabe si quizá éste te lleve a realizar acciones con parecidos finales, acciones que pongan en peligro tu libertad y tu vida.
Hay otras mujeres con vocación de madre a la vez que de servicio a España que escogimos no tener que escoger, que decidimos no tener que decidir. Que, entre nuestra familia y nuestra Patria, nos quedamos indudablemente con ambas.
Hay cuerpos, hay especialidades… hay formas a priori para no tener que verse en una de esas historias en las que, como Turney, una elige, hace el ridículo más espantoso y convierte a su país en el hazmerreir de una
guerra de dimensiones tremendas.
Todo por una mujer que no supo entender que hay cosas que no son compatibles, por una mujer que no supo ni ocuparse adecuadamente de su hija ni servir a Gran Bretaña como había jurado. Todo por una mujer que tal vez en un momento dado pudo decir aquello de “no tengo un destino operativo… de momento”. Como tú. No sé si hubiera sido mayor responsabilidad o más prudencia la que debiera de haberte hecho reflexionar sobre tu elección de quererlo “todo”, porque pobre de nosotros si en manos enemigas la alternativa la tienes tan clara como dices.
Éste y no otro es el sentido del artículo… del que tú no entendiste nada.

BELÉN GONZÁLEZ MORENO
TENIENTE INTERVENTOR 


José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería

7 comentarios:

G. dijo...

BRAVO, SARGENTO NAVARRO.

Aunque habÍa leÍdo estas cartas (y otras) de este Militar Español, agradecerte Chevi, su publicación en tu estupendo blog, demostrando tu gran sutileza.

Debe ser una putada, enterarte a tu pesar, que llegada la hora de la verdad, eres un cobarde.

Es una putada-putada (sobretodo para tus paisanos), ser un cobarde en situaciones normales de la vida, y encima presumir.

En la sociedad civil, ambos casos, son INACEPTABLES.

En la milicia profesional, ambos casos, además de INACEPTABLES, son... INIMAGINABLES.

Si algun militar, consigue imaginarselos, a darse de baja, inmediatamente, a engrosar las filas de los INACEPTABLES.

Guillermo.

Chevi Sr. dijo...

Gracias G.

TARIFA.
Alfonso Perez de Guzmán, su hijo a cambio de la rendición:

"Si no tenéis puñal para matarle, ahí­ va el mí­o".

ALCAZAR DE TOLEDO
Exijo ‒ gritó el comandante rojo ‒ la inmediata rendición. Si no lo hace así, fusilaré a su hijo a quien tengo en mi poder.
Moscardó replicó con energía:

"Usted ni es militar, ni es Caballero. Si lo fuera, sabría que el honor militar no claudica jamás ante amenazas. No sólo la vida de mi hijo, la de mi familia entera prodría usted acabar, y no me apartaría del cumplimiento de mi deber".

Con estaS frases y con la de:

GUERRA DEL PACÍFICO
Casto Méndez Núñez:

"Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra", hemos crecido algunos, y así nos va...

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

Mi aprecio y reconocimiento mas absoluto para el Sargento Navarro. Que demuestra unas altas virtudes militares fuera de toda duda. Para muchos transnochadas, faltaba más. Y a la Teniente González Moreno, tres cuartos de lo mismo.
Y mi desprecio, total y absoluto, a la anónima Teniente de Navío Carmen. Que no sólo indica su cobardía escondiéndose en el anonimato, si no que demuestra desconocer, con sus frases inconexas, cual es la esencia de un Ejército. Español,inglés o de donde fuera.

Javier de la Uz dijo...

Es para mí un orgullo, leer la carta del Sargento de Infantería Navarro, la de la Teniente Interventor Gonzalez Moreno y vuestros comentarios.
Pero con la nueva Ley de Enseñanza Militar y el progresivo cierre de Academias; seguirán creyendo oportuno, proponer más Mandos de Complemento. Saben que en general, salen con menos formación; aunque hay excepciones.

Anónimo dijo...

Bueno, ya veo que por ahora no está todo perdido... ¿o sí?
Jose A. García Corona
TCol. de Infa. Marina en la Reserva

Anónimo dijo...

"Si por sus hijos UNA MUJER es capaz de cualquier cosa, entonces no puede ocupar cualquier lugar. Es muy legítimo lo primero, pero ambas cosas es irresponsabilidad."

Si en esa frase el distinguido Sr. Navarro hubiera puesto UNA PERSONA no habría levantado tanto revuelo su artículo...

Anónimo dijo...

La Alférez de Navío Carmen no es anónima sino que contestó por correo personal al Sargento, debidamente identificada. Lo que no podía hacer el Sr. Navarro era mostrar toda la filiación de la alférez sin su consentimiento, dedicándose a lo que se dedican "ambos-tres".