ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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2/3/11

Alegatos del Cor. San Martín



Cor. San Martín Jefe del EM de la División Acorazada el 23 F


Como dijo Sanjurjo en el juicio por el golpe del 32.......... a preguntas del que presidía el Consejo de Guerra.
¿con quien contaba Vd. para llevar adelante este golpe?
Y le dijo: con Vd. mismo si hubiese triunfado.



Alegatos del Cor. San Martín

El día 24 de mayo de 1982, una vez terminada la vista oral y después de que los procesados hicieran sus alegatos, el presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, teniente general Federico Gómez de Salazar Nieto, declaró vista para sentencia la causa 2/81, seguida por los sucesos del 23 de febrero de 1981.

El Coronel José Ignacio San Martín dijo:

Excelentísimos Sres.:
En este acto castrense, el más importante de mi vida, les hablo desde lo más íntimo de mi conciencia. Quiero imprimir a mis palabras toda mi sinceridad... Sin ropajes literarios... ¡Con realismo!
Es cierto un alegato, pero también es cierto que es un testimonio y a la vez un mensaje.
En el capítulo de agradecimiento, mi gratitud a mi defensa, integrada por el letrado don José María Labernia Marcos y el general de Brigada de Infantería, diplomado de Estado Mayor y Medalla Militar individual, don Jaime Farré Albiñana.
Agradezco el magnífico comportamiento de las mujeres de nuestros compañeros que, distribuidas por toda la geografía hispana, se han desvivido para que nuestras familias hayan visto mitigados sus sufrimientos.
A los compañeros que nos han visitado a lo largo de estos quince meses, y a quienes nos han dado testimonio de su compañerismo y amistad, gracias. Destaco a los suboficiales de la División Acorazada.
A mi familia, de la que me enorgullezco y, especialmente a Margot, mi mujer.
Me honro con la amistad de la gran mayoría de los que han compartido mi suerte.
Si con mi actitud he herido o perjudicado a alguien, le pido perdón. Pero yo, que he sido agraviado con la difamación y el ultraje, perdono a los que me han ofendido, como perdono a quienes nos han hecho grave daño moral a mí y a los míos. No hay odio ni rencor.
Aunque Dios, y no invoco su santo nombre en vano, ya me ha absuelto he conocido su fallo a través de la conciencia dispusiera que vuestra sentencia me fuera adversa, se lo ofrecería toda para que en España reine la convivencia entre los españoles, para que se sientan orgullosos de serlo, para que el Ejército sea realmente la garantía de la unidad de la Patria, para que mis compañeros de Armas continúen trabajando por el perfeccionamiento de las Fuerzas Armadas y hagan honor al juramento a la Bandera y al mandato del pueblo.
Se quiere hacer ver que todo el Ejército aceptaba, sin más, la situación nacional, en torno a las fechas del 23 y 24 de febrero de 1981. Y eso es una posición engañosa.
El día 23 de febrero, todos cuantos estuvimos convencidos de que debíamos participar en una operación supuestamente querida y aceptada por el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, no dudamos en cumplir las órdenes que nos dieron y no lo dudamos porque considerábamos que se había llegado en España a una situación realmente grave.
El día 6 de noviembre de 1980, el general jefe de la División entregaba en mano al capitán general de la Primera Región Militar un informe en el que decía entre comillas que “los cuadros de mando creían que el Ejército, ante la ola de terrorismo debía intervenir”, a la vez que solicitaban del capitán general que acogiera favorablemente tal opinión, y vuelvo a entrecomillar, “que comparte el Mando de la División”.
Luego, con ocasión de la audiencia que S.M. el Rey me concedió, el 18 de noviembre de 1980, un ayudante de campo de S.M. me animó a que expusiera al Rey, con absoluta sinceridad, cuál era el estado de ánimo de los cuadros del mando de la División Acorazada. Y así lo hice. Por su parte, el capitán general de la Primera Región Militar, intentó ponerse al habla conmigo, antes de la audiencia, para rogarme, como así me lo indicó posteriormente, que dijera al Soberano que “el Ejército estaba irritado”.
En los primeros días de diciembre, el mismo ayudante de campo de S.M., a quien acabo de referirme, me dijo confidencialmente que no desesperáramos, porque pronto se resolvería la situación. Cualquier especulación sobre el sentido de tales palabras carecería de valor, pero no tanto como para no dar fuerza, equivocadamente,, al convencimiento que nos fue transmitido por encargo de uno de los más prestigiosos tenientes generales del Ejército y ¡que nunca miente!
¿Ganas de involucrar a Su Majestad? Totalmente falso. Creíamos que el Rey quería una solución y obedecimos. Y cuando estuvimos persuadidos de que no la quería, obedecimos igualmente. ¿Dónde está la rebelión?
Actúe, como lo hice, guiado por dos códigos: el del honor, no traicionando a nadie, y el de mi conciencia, pensando en que era correcto mi proceder.
Pero vayamos contestando a una serie de interrogantes:

Uno. ¿Por qué salió la División Acorazada? Sencillamente, porque así lo dispuso el Mando de la misma. ¡No le demos más vueltas!

Dos. ¿Por qué se replegó? Por la misma razón. Pero hay más. Si las órdenes dadas por el capitán general de la Primera Región Militar no las hubiera confirmado el general jefe de la División, la operación inicial no se habría parado.

Tres. ¿La Orden de Alerta II significó para los cuadros de mando de la División que el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas había cambiado de opinión? No necesariamente. ¿Por qué? Porque el hecho de mantener acuarteladas las tropas en todo el territorio nacional no era indicativo de nada en contra. Hubiera podido el Jefe Supremo haber actuado de otro modo.

Cuatro. ¿El telex de S.M. referido a las facultades de la JUJEM modificaba la situación? No. Más bien era confirmación de lo anterior. Además, por si fuera poco, momentos después se estaba esperando que el general Armada se hiciera cargo del poder, según manifestaciones hechas en el Estado Mayor del Ejército y conocidas en la División Acorazada, al menos en el escalón superior, y en varias Regiones Militares.

Cinco. ¿Había situación de confusión, disgusto, contrariedad, así como actitudes expectantes, en la División Acorazada, al anochecer del día 23 de febrero? Por supuesto. Y lo afirmo así, por las comunicaciones que tuve con varios mandos de unidad de la División así como otras llamadas telefónicas de diversos centros militares, sin olvidar el malestar reinante en el propio Cuartel General de la Gran Unidad. En esto tengo que ser totalmente rotundo, porque explica muchas cosas.

Seis. ¿Conocieron la operación personas que no han sido citadas claramente en los testimonios? Imposible de responder a esta pregunta, y sobre todo, sin pruebas. Tuve una confidencia posterior de que sí la conocieron. ¡Allá cada cual con su conciencia!

Si reflexionamos un poco tendremos que admitir que se pudieron evitar los sucesos del 23F.
A la hora de tratar de deslindar responsabilidades:

Asumo toda la responsabilidad de cuanto hicieron mis subordinados directos, en su calidad de miembros del Estado Mayor, antes y después de iniciar la División su participación en la operación. Me refiero a la actuación de los hoy procesados, capitán Batista y comandante Pardo, en la parte que a ellos afecta, antes del regreso del jefe de la División al Cuartel General de la misma, durante la tan traída exposición que hizo el comandante Pardo en la reunión de mandos y en el resto de la jornada.

Y termino:
Primero. Solicito respetuosamente del consejo de exoneración de responsabilidades para todos los demás procesados de la DAC y haga posible que se reincorporen urgentemente al Ejército, que los necesita.

Segundo: Habré cometido fallos y equivocaciones, justificados “per se” y a los que se puede aplicar, en todo caso, el beneficio de la duda, pero lo que no cometido es un delito de rebelión militar, ni siquiera delito alguno. Acepto, sin embargo, mis responsabilidades.

Tercero: No me consolaría un posible indulto. Quiero, sencillamente, justicia. Confío en el Tribunal y nada temo de la justicia, ni nada espero del favor o de la clemencia.

Y así lo proclamo, Excelentísimos Sres., porque creo en la justicia, porque desearía seguir creyendo en ella y porque quiero que crean en ella mis dos hijos militares que constituyen mi mayor orgullo y satisfacción.

José Ignacio San Martín



La pena impuesta fue de 3 años y un día, “como autor de un delito consumado de conspiración para la rebelión militar”. La pena solicitada por el fiscal fue de 15 años y el Tribunal Superior lo rebajó a 10 años.

Cumplió prisión en el Castillo de Santa Catalina (Cádiz). En una carta  el 29 de mayo de 1986, manifestaba: “Me han dado una propina de 40 días y espero salir el 24 de junio. Me han quitado la redención por ‘donaciones de sangre’. Es la primera vez que lo hacen. Dicen por ahí que no han querido soltarme por cuestiones electorales”.

José Manuel Sanchez-Gey Venegas
Coronel de Infantería

1 comentario:

José Antonio dijo...

Código de error, bX-75201g
S O L E D A D
Soledad es esa errante alma dolorida,
hecha de angustia y de pena conmovida,
que se abraza asfixiante a nuestra doliente alma vencida,
cuando el mundo, del cual anhelamos vida,
ni tan siquiera con un esperanzador latido nos convida.
- - -
SOLEDAD DEL SOLDADO ULTRAJADO
¡Me duele el ultraje alevoso y difamador
que, estando yo indefenso, se hace contra mi honor!
Pero fui soldado de mi Patria y ¡estoy orgulloso de mi pundonor!
Si el ultraje que se hace contra mí,
el ultrajar a mi Patria tiene como fin,
entonces, el dolor de mi Patria es mi mayor dolor.
¡Entonces, el dolor de mi Patria ultrajada es mi único dolor!
- - -
¡Me asfixia la soledad que sufre la Patria, cuando la abandona un desertor!
Pero mientras la Bandera de la Patria florezca con el de sus demás hijos sincero beso prometedor,
sé que la Patria, que es Madre agradecida y fuerte,
con su maternal abrazo y un beso en la frente,
a cada uno le inculcará fe, esperanza y valor.
- - -
Ahora, yo, antiguo soldado español,
con mi esperanza puesta en el inapelable Juicio de Dios
y aunque sea, por desertores o personas engañadas, ultrajado,

Digo:

¡Juro por Dios, estar siempre en disposición de servir hasta morir,
para todo lo que Dios, la Patria, el Pueblo español y quienes me ultrajan necesiten de mí!

En representación,
José Antonio Ch. M.